Las Tunas, Cuba. Martes 26 de Septiembre de 2017
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Los misterios de la piel

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Los misterios de la piel

Vicente Álvarez Yabor es uno de los profesionales de la Medicina más distinguido en Las Tunas. (Tiempo21 Foto /MiguelDN)

Cuentan que levantaba pocas cuartas del suelo, cuando de niño acompañaba al médico de su familia, el destacado doctor Alfredo Batallán, que lo buscaba para hacer algún levantamiento de cadáver, y el pequeño repasaba una y otra vez el cuerpo inerte sin impresionarse, y hasta se preguntaba desde su inocencia qué relación existía entre la vida y la muerte.

Desde entonces, Vicente de Jesús Álvarez Yabor decidió ser médico, para averiguar aquella extraña relación a la que no le encontraba mucha explicación, por más que Batallán le trataba de argumentar con los más socorridos ejemplos.

Hijo de un comerciante libanés que se estableció en Las Tunas desde 1925, procedente de Galicia, España y de una madre cubana, Vicente fue un niño feliz, en comparación con muchos otros pequeños de entonces, y cuando tuvo edad para la escuela, matriculó la enseñanza primaria en el colegio Victoria de Las Tunas, de los hermanos Barciela, hasta el cuarto grado. Después se fue a la escuela Rubén Bravo y el sexto grado lo terminó en el centro escolar en José de la Luz y Caballero.

Egresado de la primara con sus ansias por la Medicina, ingresó en la escuela secundaria básica Cucalambé, la única que existía en la entonces pequeña ciudad de Las Tunas, y con su carácter circunspecto, pensaba en cuánto le faltaba para llegar a su ansiada carrera, pero sobre todo en cuánto tenía que estudiar para lograr su meta y darle el alegrón a la familia, que, por sobre todas las cosas, quería que fuera clínico o especialista en Medicina Interna, como se le conocía popularmente, que en opinión del propio Batallán y de otros galenos es la verdadera Medicina.

Pero la vida le dio una dura sorpresa en 1967, cuando su padre falleció y él se vio un poco solo en sus aspiraciones ante la pérdida de su progenitor, cuando acababa de graduarse de secundaria básica.

“Fue un golpe duro, pero sobre todo desorientador –dice ahora con la mirada fija en un punto impreciso de una de las paredes de la sala de su casa-. En ese momento solicité una beca para el preuniversitario Rubén Martínez Villena, en La Habana y al no llegar matriculé en el pre Enrique José Varona, de Holguín, y allá me fui”.

Cuando cursaba el segundo año de pre lo llamó el Servicio militar en 1969, y se fue de soldado a la División 50 de Mangos de Baraguá hasta 1972, cuando se licenció del Ejército, con el carácter más formado por la disciplina militar, y con las ansias de seguir estudiando para llegar a la Medicina, matriculó en el Instituto Preuniversitario Luis Urquiza, aun sabiendo que podía ser llamado para trabajar porque ya tenía edad para ello y porque así era con los que pasaban el Servicio.

Por aquel entonces, la enseñanza preuniversitaria acababa de tener cambios en su estructura, y tenía que repetir el primer año ya hecho en Holguín. Pero no se amilanó ante la nueva barrera que imponía su vida, y ya decidido a repetir, el profesor Barciela logró que terminara el segundo año con el arrastre de las asignaturas básicas que debía vencer en extraordinario, lo cual alcanzó con un arduo y agotador estudio.

Así, el día que terminó el pre, pidió la Medicina en todas las opciones, y al alguien preguntarle el porqué la respuesta fue contundente: “si no es Medicina no estudio”. Y alcanzó la carrera por su escalafón.

En 1974 las aulas de la escuela de Medicina de Santiago de Cuba le dieron la bienvenida, y en el anfiteatro, en la primera conferencia de Anatomía, sintió que se realizaba el sueño de su vida y dos lágrimas fugaces nublaron por un instante su mirada, aunque no se aventuraron a salir. Después de vencer los dos años del ciclo básico pasó al hospital Lenin, de Holguín, donde terminó el ciclo clínico y egresó como médico en 1980, con el sueño eterno de hacerse especialista en Medicina interna.

Graduado llegó a Las Tunas y trabajó en el poblado de Bartle y después en el policlínico Gustavo Aldereguía, con la Medicina interna siempre en mente aunque no le llegó en los dos años consecutivos en que la solicitó, por lo que en 1984 se decidió por la Dermatología de forma alternativa, disgustado y bajo la protesta de la familia. Sin embargo, la especialidad lo cautivó a partir de entonces y luego ayudó a formar a los primeros especialistas en Las Tunas.

Más que serio, Vicente es un hombre muy recto en sus acciones como jefe del servicio de Dermatología del Hospital General Docente Ernesto Guevara, porque le gusta la disciplina, la puntualidad y como principio médico es exigente con él y con sus compañeros; hace un matutino diariamente para enseñar que hay que llegar puntual y con todo el respeto a los pacientes.

“Las personas piensan que soy hombre pesado, agrio, pero es solo mi carácter y no es así. Soy riguroso en el trabajo, lo cual se lo debo a la enfermera Olga Calleja, en el policlínico Aldereguía, quien organizaba la cola de mi consulta, primero la de los pacientes del policlínico y después los de Bartle que venían a verme sin turnos. Toda mi vida he sido recto, tanto en el hogar como en el trabajo, pero me divierto y me río cuando hay que hacerlo”.

Durante sus momentos de ocio le gusta leer, ver televisión, sentarse en el portal de su casa, “aunque siempre llegan personas a consultarse, y con la mejor de las formas les digo que vayan al hospital para verlos con luz, porque la piel hay que examinarla con mucha luz y lámparas especiales”.

La vida ha sido dura con Vicente. Su primera esposa murió en 1996 a los 33 años de edad y dejó a sus dos primeros hijos de 12 y nueve años. “Tuve que ser padre y madre y me costó mucho reponerme”.

De su segundo matrimonio nació su hijo menor, que tiene 11 años y quiere estudiar Medicina como él y la madre, especialista en Anatomía Patológica y su contraparte porque su labor es el análisis de piel.

Profesor auxiliar desde 2005, máster en enfermedades infecciosas en 2009, e investigador agregado desde 2012, Vicente es una cátedra en todo lo relacionado con el órgano más grande del cuerpo: la piel. Y sufre con el dolor ajeno y goza cuando cura a alguien, y a pesar de no ser clínico, como siempre soñó, hoy se siente satisfecho como dermatólogo, por lo alcanzado y por lo que le falta por alcanzar, y ya hasta olvidó aquel disgusto de 1984 cuando tuvo que irse hacia una especialidad alternativa que sin embargo hoy es capaz de darle y quitarle el sueño, algo verdaderamente reconfortante, porque a fin de cuentas, resultan fascinantes los misterios de la piel.

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Sobre Miguel Díaz Nápoles

Periodista, fotorreportero, realizador de radio y vídeo, profesor universitario. Master en Ciencias de la Comunicación. Su pasión profesional va de las imágenes a la palabra hablada y escrita. Cuando nadie lo ve escribe versos para luego regalarlos envueltos en flores. Vivió en África tras la huella de los médicos cubanos por los pobres de este mundo y trabajó por más de un año como editor de contenido en TeleSur, su mejor escuela, su mejor historia. Se hizo periodista para ayudar a empujar a su país y a multiplicar las voces de lo desposeídos. Siente orgullo por vivir en un país libre y haber ayudado a la causa de la Revolución bolivariana. Para él, Tiempo21 es otra de las grandes historias de su vida, de sus grandes pasiones. Ama a sus hijos y a su familia, su gran sustento, su gran verdad. dnapoles@enet.cu Blog: http://migueldnet.blogspot.com/

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