Las Tunas, Cuba. Sábado 18 de Noviembre de 2017
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Recuerdos de un clandestino en Las Tunas

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Raúl OlivaLas Tunas-. Raúl Oliva fue un niño muy pobre – me lo cuenta ahora, con la voz entrecortada y la mirada perdida en los recuerdos-,   ya tiene más de ochenta almanaques encima y no olvida lo que es pasar hambre, miserias, trabajar duro desde jovencísimo y ganarse el sustento con la intención de ayudar entonces a su madre, responsable directa de otros cinco muchachos y empeñada en que todos llegaran, al menos, a coger el sexto grado.

Raúl Oliva fue un niño muy pobre, sí, quizás eso mismo  marcó su rebeldía temprana, su necesidad de que entendieran que él era como los demás, solo que negro, negrísimo,  “¡y qué!, ¿por qué los negros solo de mozos  de limpieza y las mulaticas bonitas para entretener al hijo del patrón?”, asegura  enfático.

“Así era mija –continúa con su  decir,  bajo y determinado-  en aquellos tiempos no podíamos entrar a todos los lugares, ni  hablar con todo el mundo, como ahora; y nos cayó un cubo con agua fría arriba el día en que Batista, para colmo, dio el Golpe de Estado”.

Entonces se queda como alelado y rememora para mí cómo salió con otros muchachos a las manifestaciones en las calles,  cómo llegaron al entonces “Chiquijae”  y tropezaron con aquella partida de politiqueros arengando,  tratando de sacar dividendos y escalar poder con concesiones; me contó de su decepción de aquel día, porque en pueblo chiquito, todos eran conocidos.

A la sazón,  comenzaron a juntarse a oscuras, en las esquinas, a buscarse entre sí muchachos que pensaban para Cuba y para sí mismos con una mirada distinta;  y entonces, como una pizca de luz,  llegó el Moncada, el motor pequeño que les empujaría y un nombre comenzó, por encima de muchos nombres, a repetirse y repetirse: Fidel Castro.

En 1956, cuando el desembarco del Yate Granma, ya era miembro activo del Movimiento 26 de Julio y, aunque se trabajaba  menos de lo que quería en ese entonces,  tenía la certeza, como todos los que le rodeaban, de que “algo grande se estaba preparando”  y él, negrito, pobre, rebelde, cubano: formaría parte, sí.

La célula en la que militaba estaba dirigida por Francisco Gutiérrez, Pincho, y funcionaba de manera similar a las muchas que ya actuaban  en Las Tunas, se le daba una tarea a un miembro y solo lo sabía ese miembro, el trabajo era compartimentado, por si había  delación, entre una célula y otra no tenían  tratos, solo entre los directivos más altos, que sí conocían a todo el grupo.

El trabajo era de entrega y eso de ser clandestino imponía muchos desafíos a la vez que  aguzaba los oídos, camuflaba las  sonrisas y te obligaba a desarrollar una especie de sexto sentido, válido para decantar a los  chivatos, siempre prestos a “colaborar” para meterse  al M-26-7 y armar carnicería.

A los cinco o seis meses de la llegada de Fidel, cuando las luchas en la Sierra Maestra se hacían más notorias y la verdad comenzaba a abrirse paso,  llegó para Raúl  el desafío mayor de su lucha clandestina: la propaganda.

Y así, en una vivienda desocupada al lado su casa, se dio a la tarea de reproducir los materiales, las proclamas y cuanta cosa era importante decir desde aquí para consolidar al Movimiento;  solo, en la noche oscura, brincaba la cerca mientras todos creían que dormía plácidamente y se detenía apenas, con las primeras luces de otro amanecer.

La distribución de materiales, era cosa de otros muchachos, el Chino Barrera, casi siempre, a la vez que traía  para reproducir, epartía también lo que imprimía Oliva y  los bonos, que esos sí que no  se hacían aquí, venían desde Santiago de Cuba, siempre  en manos, vestidos, boinas, flores, camisas …clandestinas.

Se ponía Radio Rebelde, se escuchaba bajito, en alguna cocina, en el cuarto, detrás de la puerta aquella, en la que nadie piensa y se hacía silencio, mucho silencio, para no despertar la suspicacia de los más conservadores y escribir y escribir todo, todito lo que mereciera ser difundido, hasta el cansancio.

Así le sorprendió el triunfo, trabajando hasta tarde, participando en las acciones más importantes, llorando sin lágrimas a cada compañero muerto, respetando el dolor de los vivos y soñando, siempre soñando, con un país en el que nadie diera vuelta a la cara de sus hijos por negros, pobres, rebeldes….

Hoy sigue siendo un trabajador, se le ve arreglado un jardín en la esquina, ayudando a su hija en cualquier cosa de la casa, empeñado en reconstruir, junto a otros, la Historia vivida porque la lega, lo sabe, a su ciudad liberada. Raúl Oliva lo lleva ahora con orgullo: “sí, mija – me dice- yo fui un clandestino”.

 

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Sobre Esther de la Cruz Castillejo

Periodista. Licenciada en Comunicación Social en la Universidad de Oriente. Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana, 2009. Diplomada del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana. Desde su graduación se desarrolla profesionalmente en Radio Victoria y se desempeña como reportera para atender los temas de la educación. Es miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @vozcubana

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