Las Tunas, Cuba. Jueves 14 de Diciembre de 2017
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Cambios bruscos de temperatura emulan con tóxicos

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La Habana.- Para algunos podría ser simple exageración proecologista, producto de la ciencia ficción o incluso consecuencia de alguna enfermedad mental, pero uno o dos grados Celsius más o menos de temperatura de improviso puede ser tan dañino como verter tóxicos en un entorno marino o aéreo.

De alcance mundial y origen antropogénico, por contaminación térmica se conoce al deterioro de la calidad del aire o del agua ya sea por incremento o por descenso de la temperatura con afectaciones negativas para el medio ambiente.

Diversas actividades industriales cambian la temperatura del entorno, principalmente las centrales termoeléctricas y las nucleares, que se sitúan cerca de ríos y mares para servirse del agua que es un buen disipador de calor, barato y accesible.

Los ambientes acuáticos son los más susceptibles a este tipo de fenómeno. Cerca de las centrales eléctricas están sujetos no solo a una temperatura elevada, sino también a los cambios rápidos.

Las plantas regasificadoras de gas natural luego de emplear gran cantidad de agua marina la devuelven más fría al entorno.

Por esta contaminación el agua altera su composición. En ella disminuye la densidad y concentración de oxígeno, migran o mueren especies no tolerantes a cambios bruscos de temperatura, llegan especies invasoras y cambia la tasa de respiración, crecimiento, alimentación y reproducción de los organismos.

En un inventario incompleto de problemas también afecta el crecimiento del parasitismo, lo que hace al sistema más susceptible a enfermedades y a cualquier contaminante.

La viscosidad del agua se reduce y crecen los depósitos de sedimentos, porque los ríos calientes poseen menor capacidad para limpiarse o descomponer materia orgánica que los fríos.

Pero calentar un cuerpo de agua tiene un alcance más que local, pues el flujo de los ríos llega a los mares que a su vez se interconectan y se relacionan con la atmósfera.

Inundaciones, lluvias torrenciales o sequías se relacionan con este problema relacionado con la deforestación y la emisión de gases de efecto invernadero, cuyas consecuencias exigen la acción drástica de gobiernos, empresas y ciudadanos.

Pero el aire no se salva de este fenómeno. Un ejemplo es cuando una gran concentración aparatos de aire acondicionado expulsa el calor hacia la calle.

Las concentraciones urbanas registran temperaturas mayores que sus vecinos colindantes, un efecto conocido como islas de calor.

Tales afectaciones también se traspasan al ser humano, que ve la aparición de enfermedades ya erradicadas como la neumonía.

Sin embargo, es posible revertir esa situación a través de inversiones y una conciencia ambientalista como lo son convertir el exceso de calor en electricidad, además de sustituir la generación de energía de combustible fósil o atómico por renovables como la eólica o la solar.

Igualmente la contaminación térmica podría eliminarse a través del reciclado del agua usada en procesos de enfriamiento y el empleo de tecnología más eficiente en materia energética.

Todo ello unido al monitoreo de los efluentes industriales para mantener la temperatura de la descarga similar a la del afluente y limitar los vertimientos en un mismo cuerpo de agua harían posible olvidarnos de que calor o frío son igualmente peligrosos. (Roberto Hernández/Prensa Latina)

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