Las Tunas, Cuba. Miércoles 22 de Noviembre de 2017
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El juicio del Moncada reveló la verdad de todo un pueblo

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En la mañana del 21 de septiembre de 1953, Fidel Castro Ruz y sus compañeros asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes fueron conducidos esposados a la Sala del Pleno de la Audiencia, de Santiago de Cuba, para ser procesados por los sucesos del 26 de julio en aquella misma ciudad y en la de Bayamo, respectivamente.

La Causa 37 de ese año quedó abierta para que el santiaguero Tribunal de Urgencia juzgara los hechos y pronunciara sentencia contra incriminados por una acción que llevaba implícita el descontento del pueblo cubano con el gobierno de Fulgencio Batista, presidente  llegado al poder mediante el golpe de estado del 10 de marzo del año anterior.

El Palacio de Justicia resultaba una fortaleza infranqueable por la cantidad de soldados y efectivos de la policía que lo rodeaban. La Sala  que acogió a acusados y acusadores, a los periodistas y a personas vinculadas con el sistema jurídico y con los propios imputados por ser sus familiares, se encontraba colmada de militares que portaban armas largas con bayonetas.

Las expectativas que existían alrededor del juicio eran extraordinarias. A ello contribuyó la férrea censura de prensa decretada a partir del mismo momento de los asaltos a los cuarteles; pero, sobre todo, la realidad de los acontecimientos que el pueblo iba apreciando luego de desmontar las falsedades y tergiversaciones que le llegaban por los partes oficiales.

Los criterios y razones de los asaltantes prisioneros que sobrevivieron a la brutal matanza emprendida por las fuerzas batistianas, a partir del mismo día de los acontecimientos y en los sucesivos, no se daban a la publicidad, y todos esperaban escuchar sus declaraciones, en especial las de Fidel Castro, figura reconocida ya como líder.

La primera vista devino acto de digna protesta. El joven abogado Fidel Castro emplazó a los miembros del Tribunal por las circunstancias humillantes de haber sido conducidos al proceso con una guardia que pretendía mantenerlos maniatados. Su enérgica declaración fue interrumpida, pero el insistió pidiendo, además, ser su propio abogado defensor.

Una tras otra fueron desmentidas las falacias encaminadas a distorsionar la acción llevada a cabo por revolucionarios salidos de las capas más humildes. La dictadura quería conducir el juicio por los senderos de las clásicas batallas politiqueras de los partidos en porfías. Incluso, algunos personajes de la sucia política de la época se encontraban entre los detenidos.

La fiscalía insistía en buscar quien había financiado el asalto proporcionando los fondos, pero Fidel demostró que la proeza revolucionaria había sido la obra colectiva de hombres inspirados en las enseñanzas de José Martí. \”El Apóstol de nuestra independencia —dijo con absoluta convicción—es el único autor intelectual del asalto al Moncada\”.

Organizar, adquirir los recursos y preparar la movilización clandestinamente hasta llegar al Moncada era un esfuerzo gigantesco de cubanos patriotas que insistían en no dejar morir las ideas martianas en el año de su centenario, hacer valer los derechos de las clases sociales más afectadas, estaba entre sus propósitos, pero la camarilla en el poder los quiso neutralizar con mentiras.

Cuando el abogado Fidel asumió su autodefensa, con ella logró la de todos sus compañeros. El proceso amañado de la Causa 37 fue revertido con el interrogatorio a sus propios camaradas, quienes pudieron denunciar los crímenes y a los asesinos; y el principal acusado en el juicio del Moncada se convirtió en un poderoso acusador poseedor y defensor de verdades.

Una burda manipulación dando por enfermo a Fidel en la cárcel de Boniato impidió su participación en la tercera vista del juicio; más tal  patraña devino denunciada por la también acusada y abogada Melba Hernández, que en nombre del líder presentó una carta desmintiendo lo que a todas luces representaba una torpe maniobra para obstaculizar su presencia en la causa.

Todos los asaltantes se declararon culpables y fueron condenados a guardar prisión. Fidel separado del resto de sus camaradas fue procesado en un cuarto del Hospital Civil de Santiago de Cuba. Su magnífica defensa donde analizó la difícil situación de los cubanos, conocida como La Historia me absolverá, representó el programa más revolucionario de aquellos primeros tiempos. (Rosa María González López/Agencia Cubana de Noticias)

 

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