Las Tunas, Cuba. Martes 22 de Agosto de 2017
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Libia busca el sendero perdido

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La Habana.- El grupo de Estados fronterizos con Libia afirma que detener la violencia en ese país norafricano, requiere desarmar a milicias que se enfrentan por el control de diversas áreas, pero lo difícil es cómo lograrlo.

Los participantes en la IV Reunión Ministerial de Países Vecinos de Libia, que sesionó en El Cairo, la capital egipcia, adoptaron una iniciativa propuesta por el país anfitrión, que constituye un importante paso en la búsqueda de un escenario de estabilidad y seguridad de alcance subregional.

Egipto, Túnez, Argelia, Sudán y Chad, así como jefes de la Liga Árabe y la Unión Africana estuvieron en el evento, lo cual expone claramente la existencia de consenso respecto a la importancia del asunto que no sólo se limita al país en cuestión, sino que el problema desborda sus fronteras, por lo cual hay que atajarlo con urgencia.

El logro del entendimiento político entre los participantes de la cita se concretó al dar luz verde a la propuesta que pide el desarme de los irregulares, el apoyo al Parlamento recién electo y la reconstrucción de las instituciones estatales para recomponer a Libia.

“Las principales disposiciones de la iniciativa incluyen combatir el terrorismo, trabajar para lograr la reconciliación nacional en Libia, escribir una nueva Constitución, y apoyar al ejército y fuerzas de seguridad”, según el comunicado de la conferencia ministerial.

Tras la reunión, el canciller libio, Mohammed Abdel Aziz, demandó para su país la intervención externa y la asistencia internacional para evitar que la crisis interna se extienda a los Estados del entorno, sumamente preocupados por los acontecimientos bélicos en las ciudades de Trípoli y Bengazhi.

“Esta declaración refleja el fuerte compromiso entre los países vecinos de Libia para colocarla en el centro de su atención y concentrarse en la seguridad y en el combate al terrorismo en el país”, comentó Abdel Aziz en conferencia de prensa.

PODER O NO PODER

El destino de Libia es incierto, ningún observador se pronuncia hacia dónde marcha ese país, tan organizado y estable antes de la conspiración que derrocó y asesinó hace tres años al exlíder Muamar Gadafi, cuando a gusto de occidente se torció la historia, que ahora difícilmente enderece su andar.

La mayor parte del debate libio se concentra en la falta de equidad en la distribución de las cuotas de poder tras ser desmontada la autoridad anterior. La era post Gadafi no beneficia a los eslabones sueltos, pero estos tratan de imponer sus reglas a un gobierno frágil y apenas con legitimidad.

En el escenario nacional lo anterior lo ilustran los combates por controlar el aeropuerto de Trípoli ocurridos desde el 13 de julio, cuando milicias de la localidad de Misrata lanzaron la operación Fayer para arrebatárselo a las brigadas de la zona de Zintán, que controlan esa instalación hace tres años.

Los enfrentamientos por la posesión del aeropuerto causaron alrededor de un centenar de muertos y más de 400 heridos.

También fueron sangrientos los choques armados en la segunda ciudad del país, Bengazhi, situada en el oriente libio, entre milicianos y paramilitares leales al general retirado Jalifa Hafter y varios grupos islamistas, que determinaron unirse en un frente bautizado como Consejo de los Revolucionarios.

Muchos ciudadanos fueron víctimas de la ambición en un Estado que no escapa del círculo vicioso de la violencia, una secuela del desmontaje de una estructura que -con defectos y virtudes- avanzaba y a cuyo estallido colaboró Occidente con marcados intereses geopolíticos, algunos de los conspiradores ahora se alarman.

Sin dudas, la destrucción del Estado libio de la era Gadafi hoy cobra su saldo y mientras unos mueren por la codicia de la riqueza del país, otros escapan de ese infierno y terceros avientan desde lejos el espectro del terrorismo, que se instrumenta según convenga a sus fautores.

Ante el mundo se halla un país que se despedaza en zonas de influencia, donde proliferan señores de la guerra, jihadistas, y cuerpos de seguridad descalificados para enfrentar cualquier desafío, mientras que en las áreas institucionales escasea la legitimidad, pues sobresale la existencia en la práctica de dos Parlamentos.

La preocupación se amplifica, la Unión Europea (UE) condenó “la escalada de los combates en los alrededores de Trípoli, Benghazi y en toda Libia, incluidos los ataques contra zonas residenciales que involucran ataques aéreos por aviones de combate no identificados”, señaló el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE).

“No hay dudas de que todo disturbio que ocurra en Libia, en alguna medida amenaza la seguridad de lo que el Viejo Continente considera su frontera sur, a la cual se debe salvaguardar para evitar sorpresas desagradables procedentes de quien identifica como “el otro”.

En un análisis de la prensa española sobre la transformación prevista por Occidente para estabilizar al país se afirma que “las milicias repartidas por ciudades y regiones de Libia y la tradición tribal imperante están en la raíz del problema de gobernabilidad, el mayor desafío de la transición a la democracia del país del norte de África”.

Es decir, que ese componente de la actualidad nacional tiene un desarrollo histórico concreto, que debe compatibilizarse con los planes y estrategias de pacificación del territorio, para evitar fórmulas impositivas desajustadas que originen consecuencias opuestas a sus objetivos.

INSTITUCIONALIDAD RAQUÍTICA

El parlamento libio salido de las elecciones del 25 de junio realizó el 2 de agosto su primera reunión en Tobruk, aunque la sesión inaugural oficial sería días después en la oriental ciudad de Bengazhi. Pese a eso se entendió que la construcción del Legislativo era un intento de moldear con rasgos de autenticidad una estructura advenediza.

Mientras la situación nacional continúa deteriorándose por los altos niveles de inseguridad causados por persistentes combates en la capital, Trípoli, y también en Bengazhi, es peregrina la idea de presentar a un Estado totalmente configurado en medio de las ruinas de las antiguas instituciones, desarticuladas en 2011.

Sin embargo a la destrucción de un modelo político no siguió la rápida instalación de otro que -en teoría- superara las ineficiencias del anterior con el empleo de mecanismos capaces de asegurar su reproducción como estructura del poder, como son proteger la soberanía y la seguridad humana, entre otros temas de la supervivencia en general.

Libia no consigue remontar la cuesta y edificar “un Estado de derecho”, ya que persisten desavenencias para concretar un modelo unificador: el antiguo Parlamento, cuyo mandato expiró en junio pasado, permanece en funciones y eligió al profesor Omar al Hassi como nuevo primer ministro de un gobierno de salvación nacional.

Esa Asamblea con una importante presencia islamista, rechazó disolverse tras las elecciones de junio y no reconoce la legitimidad de los comicios realizados ese mes, de los cuales emergió el otro Parlamento.

El nuevo Legislativo, surgido de esas elecciones con un cambio de fuerzas políticas, sesiona en Tobruk, adonde se desplazó por la violencia en Trípoli y Bengazhi. El primer ministro interino electo por este órgano es Abdaláh al Thani; así, de hecho, existen dos Parlamentos y dos gabinetes, pero Libia no acaba de hallar su sendero.  (Julio Morejón /Prensa Latina)

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