La Radio en Las Tunas

Neydo, la voz de oro de la radio en Las Tunas

Las Tunas-. Tras un tiempo notable insistiendo con cierta regularidad y gracias al apoyo desinteresado de muchos amigos comunes, logré el milagro: Neydo Arsenio García Betancourt accedió a apartar para mí las cortinas que había dispuesto a la radio en la provincia de Las Tunas desde hacía poco más de una década y se aventuraba a contarme su historia personal.

Confieso que casi ni me lo creía mientras caminaba hasta su casa, un espacio en el que, imaginaba, me recibiría más desconfiado que satisfecho de volver a hablar para los micrófonos a los que había dedicado los más intensos años de su existencia, longeva y difícil.

Muchos elementos de ese andar ya conocía antes de tocar a su puerta; de sus inicios en radio amplificadores del municipio de Manatí, una especie de “acercamiento radiofónico” en ese territorio del norte de Las Tunas donde creció, en los años en que llegar a profesional en el medio incluía la etapa de “ratón de emisora”, coletilla que le ponían de a cuajo a quienes no tenían hora para salir de la radio en busca de algo de formación.

Además conocía ya un poco de sus primeros pasos como profesional de la locución con apenas 19 o 20 años; del trabajo en Radio Circuito hasta llegar a Victoria, de su voz soberbia para compartir lo mismo un buen poema de amor o un noticiero, que un espacio campesino en ciernes y también me habían conversado de su carácter serio, caprichoso y ocurrente como el más jovial de los cubanos.

Neydo tiene el don de la palabra exacta y el magisterio atinado a flor de piel; pero eso lo supe un rato después, cuando finalmente la puerta se abrió, apareció una buena silla en la sala de su casa, fresca y ruidosa como la vida toda y tuve entonces la posibilidad de intercambiar de su tiempo y el mío como si fueran el mismo; sin importar las décadas que nos separaban porque los dos tenemos la misma pasión: la radio.

Hablamos de lo que se puede y de lo que no, de los aciertos y los errores que cuestan largos silencios; me dijo que hace mucho dejó de ver a la locución como el tan trillado “bichito que un día se te mete en el cuerpo” y del que todos hablan; para él ya no es un “bichito”, es una fiera, enorme, devoradora, irremplazable, que hace que cada día de su vida añore el calor de una cabina de radio y le toque consolarse con la idea del valor de una retirada a tiempo y la salud, que se desgasta con el paso de tantos almanaques ya, que no sacamos cuentas.

Dijo la palabra “crisis” cuando compartimos puntos de vista sobre los locutores de hoy e insistió en la necesidad de estudiarlo todo, de atender los consejos y de no conformarse jamás porque “los errores comienzan el día en que piensas que ya llegaste al micrófono y tienes la batalla ganada, cuando crees que lo popular siempre es lo mejor y cuando sientes que eres más importante que un entrevistado o una noticia en sí misma”.

Perdí la noción del tiempo entre sus anécdotas y las ternuras que le despiertan los niños; los únicos capaces de hacerlo llegar hasta los estudios de Radio Victoria en la calle Colón, de esta ciudad, cada jornada de sábado para intercambiar ocurrencias y aprender juntos “porque mientras yo les hablaba de locución, ellos me devolvían parte de la vida”, me dijo.

Salí agradecida y feliz de aquel rato juntos mientras alguien terminaba el almuerzo en la cocina y una de sus nietas revoloteaba entre mi grabadora y su figura quijotesca; pero lo mejor vino después, cuando me despidió en la puerta lleno de planes para hacer en equipo, me dio santo y seña para un buen trabajo y me agradeció, enternecido y hasta febril, por no cansarme de insistir y regalarle un rato de radio tan íntimo en su casa.

Apareció después en la emisora para constatar hasta el detalle de la edición del material y aprender de las nuevas técnicas del medio que se le habían perdido por casi dos décadas y me di cuenta entonces de que la pasión por lo que haces, cuando es de verdad, no muere con los años; en Neydo están ahí, parecían ahogarle y solo necesitaban ser otra vez provocadas para hacerse irreprimibles, desmesuradas y locuaces como la radio toda.

/ymp/

 

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