Las Tunas, Cuba. Jueves 26 de Abril de 2018
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Fiesta también desde mi cocina

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abuelos bailandoLas Tunas-. Eran  cerca de las 8:00 de la mañana y todo sucedió en el patio de la casa de Mirtha, debajo de la mata de limón que tanto quiere y en la que la he visto llorar a mares ante la muerte y también reír a carcajadas mientras barre las hojas que caen, saludando la vida.

Resulta que allí comenzaron a llegar temprano “las abuelitas de los ejercicios”, así que en mi cocina (colindante directa con el lugar de la cita) parecía que me tocaba recibir a las invitadas y olía el café  fuerte que, les escuché confesar, “sabía a poquito, pero estaba muy bueno”.

Avanzaba el rato, aumentaba el calor y, a la vez, subían  de tono las sonrisas, se volvían más picantes  los primeros “chistecitos tímidos” y ya, cuando llegaron los dulces y comenzaron a aparecer las más retrazadas con el refresco y apareció “el profe” en  su desvencijada bicicleta azul,  aquello tenía  matices mucho más intensos.

A esa hora, siempre desde mi cocina, ya tenía los pormenores: “es que nada más nos reunimos para problemas y hoy decidimos recibir al verano pasando un rato todas las que nos encontramos  en el círculo de abuelos en las mañanas, con el profesor incluido”.

Hablaron de todo un poco: los nietos, las vacaciones, las clases de matemática, la juventud (que, por cierto,  no encontraron tan perdida como dicen por ahí), la telenovela brasileña, el mundial de fútbol, la música mexicana…

Hicieron de todo un poco también: el  juego de “la botellita”, la  rifa, se pusieron castigos “severos” a los que perdían, cantaron rancheras y temas de la década prodigiosa y hasta a una la vi, aunque no pude decir nada en aquel momento, haciendo trampa como si fuera una colegiala de hoy, a pesar de todo el  respeto que imponen  sus 86 años, dos hijos y cuatro nietos.

¿El profe?, bien, como el primero;  hablando de tejidos, de bocaditos, de la importancia de hacer ejercicios todos los días, no solo en los encuentros de tres veces por semana;  preguntando por el asma de esta, la artrosis de aquella y dando, entre col y col, algún que otro remedio.

Tiene 28 años, un hijo de apenas dos y transita buena parte de la ciudad en la desvencijada bicicleta azul de la que ya les conté porque ama  su trabajo y “admira” (lo dijo con todas las letras) a sus viejitas del alma.

A esa hora ya decidí  no estar  tan ocupada yo en mi cocina, abrí la ventana, me senté en la escalera muy cómoda y comencé, sin darme cuenta, a sonreír primero y a carcajear después con las ocurrencias de estas mujeres cubanas (todas mayores de 70 años) en una mañana cualquiera y especial.

En ese rato confirmé que cada etapa de la vida tiene su encanto si se apuesta por ser feliz, entendí mejor que es viejo el que quiera y probé, no puedo negarlo, un dulce riquísimo y hasta un agradable traguito de buen vino cubano. Enhorabuena por ellas.

 

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Sobre Esther de la Cruz Castillejo

Periodista. Licenciada en Comunicación Social en la Universidad de Oriente. Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana, 2009. Diplomada del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana. Desde su graduación se desarrolla profesionalmente en Radio Victoria y se desempeña como reportera para atender los temas de la educación. Es miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @vozcubana

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