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Crónica de una caldosa de barrio

brujasLas Tunas-. Los cubanos nos las ingeniamos para hacer de cualquier cosa una fiesta, y de eso se tratan estas líneas.
Es una historia cualquiera que se puede dar en el sitio  más recóndito de este país bendito, es el cuento de una caldosa que “se inventa en el aire” y en la que “siempre se puede servir un plato más”.
Todo empezó cuando a mi cuadra (muchos años después de la propuesta inicial  en una rendición de cuentas)  llegó el presupuesto para hacer las aceras.
Y, aunque siempre hubo alguno que desconfió del suceso, incluso cuando estaban descargando los primeros materiales, las obras comenzaron, las aceras se hicieron y, en medio del hervidero en que se convirtió todo alrededor, surgieron amigos, negocios… maravillas.
Mientras los constructores laboraban descubrimos que Agustín, el que iba delante, rompiendo la calle, gustaba de cantar rancheras mexicanas y también supimos que eso molestaba mucho a Carlos, el que iba detrás, en la misma tarea, haciendo las primeras delicias de los chistes y comentarios de las esquinas.
Los días transcurrían, el trabajo crecía y juntos compartíamos aguaceros, se rompían tuberías antiquísimas, “del tiempo de los americanos”  como la de Mirtha y también juntos empatábamos tubos con bolsas de nylon mientras aparecían los codos, “cada día más difíciles de encontrar por ahí”, al menos eso decía Juan.
Fueron jornadas de churre intenso, de cargar cubetas con agua helada de una casa a la otra para que estuvieran más cerca de los que estaban a pié de obra al mediodía y también, por qué no, días de compartir el traguito de ron cuando iba cayendo la tarde, y había que esperar a  mañana.
¿Cuándo se acabó el agua?, se abrieron los tanques de las casas sin grandes dilaciones; ¿se terminó la arena?, Yuri tenía un poquito en el patio y “da para un tramito más hoy”; ¿no llegó el almuerzo de los constructores?, pues tanto almuerzo no hay, pero sí unos  pancitos con aceite,  refresco y hasta un traguito de café, “alcanza para todos”.
El último día aquello parecía preludio de carnaval; todo el mundo en la calle y yo no sé bien a quién se le ocurrió la idea de una caldosa por aquello de “cerrar con broche de oro” y de momento,  aparecieron las cosas.
Miriela trajo especies, Ainara  sacó la mesa, se sumaron bolsillos para comprar un pedacito de carne, y así, ya le dije: “aquello parecía preludio de  carnaval”.
En la noche, todos exhaustos, las aceras hechas, las anécdotas por doquier y las escobas listas para el otro día; claro, ¿qué pensaba usted?,  después de tanto cemento había que amanecer tirando agua por aquella calle.
No sé, quién sabe, a lo mejor después del trabajo y de la limpieza hay que hacer otra caldosa. Estamos en Cuba, nadie lo dude, siempre hay que cerrar entre todos y con broche de oro.
Lea además:
La caldosa de Kike y Marina: tres décadas en el gusto popular
 
 
 

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