Las Tunas, Cuba. Jueves 26 de Abril de 2018
Home > Especiales > Gente > Mientras el hacha va y viene…

Mientras el hacha va y viene…

Foto del autor.

Rafael García Girona. (Foto del autor)

Escuche a Rafael

“Meñique sacó su hacha, y le dijo: Corta, hacha, corta! Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el temporal”.

Pero Rafael García Girona no es Meñique, el intrépido personaje de la revista La Edad de Oro, publicada por el Héroe Nacional de Cuba, José Martí, aunque lo iguale en intrepidez y sea, como él, pequeño de estatura, razón por la cual el apelativo de Felito le ajusta como hacha clavada en leño verde.

Este hombre, que ya cumplió 77 años y sigue entero al pie del horno, es uno de los 250 carboneros cuya laboriosidad ha hecho posible que la Empresa Forestal Integral de la provincia de Las Tunas haya incrementado 23 veces la exportación de carbón vegetal: de 109 toneladas, al comenzar en 2005, a dos mil 810, durante el pasado año.

Felito nació en La Morera, municipio de Puerto Padre, a unos 740 kilómetros al este de La Habana, y tempranamente amigó los pies con las piedras y las manos con el machete.

–Aquello no era fácil. Yo corría descalzo por el diente de perro como si nada, porque no tenía zapatos; no había dinero con qué comprarlos. Trabajábamos para comer, malamente. Ni siquiera pude estudiar. Después del triunfo de la Revolución, asistí un tiempo a clases por las noches y aprendí a defenderme un poquito con los números y a escribir y leer lo más necesario–comenta luego de cada hachazo contra un duro trozo de frijolillo tirado en el negro suelo.

Como se siente observado, explica:

–Desde joven empecé como hachero; y aprendí bien el oficio. El hacha es cuestión de golpes, de coger el paso; no puedes querer comerte el mundo en un rato, porque te revientas y no adelantas nada.

Precisamente, a puro golpe, llegó Felito a carbonero.

–A la edad de 17 años perdí a mi madre y me quedé en casa con mis hermanos y mi padrastro –rememora sin interrumpir la faena–; pero a los pocos meses vi que ese hombre había cambiado mucho conmigo y me dije: “tengo que hacer mi vida”. Salí a probar suerte, ¡y hasta el sol de hoy!; desde entonces he vivido trabajando. Aún tengo salud y fuerzas para seguir guapeando –afirma, convencido.

Cuenta Felicito que cuando por primera vez le encomendaron la tarea de fabricar carbón, sintió que le caía una paletada de negro polvo en pleno rostro.

–No me gustaba ni un poquito –confiesa y sonríe burlón–, pero no pude negarme: la necesidad mandaba.

Y tan exigente era esa señora, que un carbonero tenía que trabajar varios días con sus noches para finalmente obtener unos centavos con los cuales malvivir hasta sacar el próximo horno, pagar los anticipos y otras deudas y volver al mismo círculo de estrechez y miseria.

La conversación tiene lugar en la linde de un pequeño bosque poblado de ciruelos y mosquitos. Cada vez que el viento amaina, los insectos atacan sañosamente. Felito ni se da por enterado, pero el periodista, con su única mano libre, pues en la otra sostiene la grabadora, libra una tenaz e inútil batalla contra la plaga. El leñador sonríe y dice:

–Eso no es nada. Alégrese de que no sean roedores, porque esos bichitos sí son bravos de verdad, mucho más que los mosquitos y los jejenes. Sin embargo, uno aprende a soportarlos.

Sin duda, la serenidad es una de las virtudes que siempre acompañan a este jovial anciano. Gracias a su reposado espíritu, construye cada horno como si se tratara de una obra de arte. Así lo atestiguan sus compañeros de trabajo. Y en realidad, tiene mucho de artista el carbonero.

Hay que talar los árboles o arbustos, trocear la madera, cortar la yerba y acarrear esos recursos, construir la pirámide leño a leño, cubrirla con paja y tierra y después prenderle fuego. Pero hasta ahí, el proceso apenas ha comenzado.

–Cuando uno le da candela, esa primera noche es la más difícil de todas. Tienes que estar muy atento, porque constantemente debes echarle comida –explica Felito, refiriéndose a la necesidad de alimentar con leña el horno a medida que va quemando–. Después la cosa es más fácil, aunque tampoco puedes descuidarte. Yo me tiro a dormir un poco, pero me levanto a cada rato, subo allá arriba, miro y sé cuánto tiempo tengo a mi favor. Y así hasta el momento de sacar el carbón, trillarlo, seleccionarlo, envasarlo y enviarlo a su destino.

Para despertar varias veces en la noche, este laborioso guajiro (hombre rural) no utiliza reloj ni se guía por el canto de los gallos, sino que tiene su propio método.

–Me acuesto con zapatos –dice, y ante la interrogadora mirada del periodista, manifiesta–: De esa manera, más o menos cada media hora ya los pies no se sienten bien dentro de las botas y ellos mismos te avisan que debes levantarte –por fin, suelta el hacha y ríe de buena gana.

Según el veterano carbonero, a él nunca se le ha volado un horno, que así se le denomina al hecho de romperse una pared del cono, hacer una boca, entrar las llamas en contacto con el aire y convertirse todo en cenizas, pues el carbón vegetal se produce en condiciones anaerobias.

–Casi siempre hay varios hornos quemándose al mismo tiempo, y yo invito a los demás compañeros: “Vamos a dar una vuelta”. Porque un horno es algo muy peligroso: en medio del humo, el calor, las llamas, cualquier cosa puede pasar, y si estás solo… Pero no puedes cogerle miedo. Si se le hace una boca, desafía el fuego, échale leña, ponle yerba y séllala con tierra. No te acobardes, porque se te vuela.

Convencido de que hacer carbón amiga hombres, Felito prefiere los hornos grandes, de cientos de sacos. En definitiva, a la hora de extraer la producción, todos los colegas del lugar se ayudan unos a otros, porque… “Nos llevamos como hermanos”; y los de mayor tamaño son menos trabajosos y más rentables.

Al igual que todo el que se jubila en Cuba, Rafael García Girona recibe cada mes una pensión a cargo de los fondos estatales; además, actualmente en el país el carbón vegetal se paga bien, tanto en pesos cubanos como convertibles, pues goza de gran demanda y justa cotización en el mercado internacional, por eso es de suponer que este casi octogenario tunero tenga sus ahorritos para asegurarse una vejez placentera. ¿Por qué, entonces, continúa trabajando en un oficio tan rudo?

Suposición e interrogante hacen reír a Felito alegremente.

– ¿Ahorros? ¡Qué va!: yo soy muy gastador, muy botarate –asegura con pícara mirada, y ya, más serio, lanza algunos hachazos, y dice–: El trabajo no mata, al contrario: si yo me siento me muero.

/mdn/

 

 

Sobre Raúl Estrada Zamora

Periodista. Graduado de la Universidad de Oriente. Ha trabajado en todos los medios y fue director de la revista Transporte, de La Habana. Se inició en el diario 26 y trabajó como Jefe de Información en la Televisión. Fue editor de Tiempo21. Como reportero atiende los temas del programa alimentario y la agricultura, entre otros. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @Raulezdecuba

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*