Las Tunas, Cuba. Miércoles 16 de Agosto de 2017
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Carlos Juan Finlay y sus invaluables aportes científicos a Cuba y a la humanidad

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Pese a que debió afrontar varios obstáculos para probar sus teorías e incluso sufrió el intento de usurpación de su principal aporte a las ciencias médicas, el epidemiólogo cubano Carlos Juan Finlay tiene el indiscutible mérito de ser el primero que explicó el modo de transmisión de la fiebre amarilla, una epidemia traspasada de persona a persona por la picadura de la hembra de la especie de mosquito que hoy conocemos como Aedes aegypti.

Aunque la fiebre amarilla, al igual que otras epidemias como la del cólera, causaba grandes daños en Cuba y otros muchos países tropicales en la época en que Finlay realizó sus estudios (segunda mitad del siglo XIX), no se le dieron a sus teorías científicas ni una rápida atención y divulgación ni las respuestas inmediatas que su importancia requería.

En ello influyó indudablemente la rígida censura que en aquellos tiempos de guerra establecieron en la Isla las autoridades coloniales españolas, temerosas de que la diseminación de enfermedades se atribuyese a la desidia del gobierno.

Carlos Juan había nacido en la ciudad de Puerto Príncipe, actual Camagüey, en una fecha como ésta, 3 de diciembre, pero del año 1833, hace hoy 180 años. Su padre fue el médico inglés Edward Finlay y Wilson, natural del condado de Yorkshire, y su madre Marie de Barrés de Molard Tardy de Montravel, de origen francés, nacida en la isla de Trinidad.

Datos registrados en la enciclopedia digital cubana (EcuRed), precisan que Carlos vivió sus años infantiles en La Habana y en el cafetal que su padre tenía en la zona de Alquízar.

Cuando contaba con 11 años de edad fue enviado a estudiar en Francia y tuvo que regresar a Cuba dos años después por encontrarse enfermo, luego de lo cual volvió a Europa para completar su educación en el país galo y en Inglaterra, donde permaneció hasta 1851, cuando regresó a Cuba convaleciente de un ataque de fiebre tifoidea.

Cursó la carrera de Medicina en el Jefferson Medical College, de Estados Unidos, donde se doctoró el 10 de marzo de 1855. Dos años después revalidó su título en la Universidad de La Habana y entre 1859 y 1861 realizó otros estudios en Francia.

Los primeros aportes significativos de Finlay en el terreno de la investigación datan de 1868, cuando comenzó estudios sobre la propagación del cólera en La Habana, pues sus análisis mostraron que las causantes eran las aguas de la llamada Zanja Real, probablemente contaminadas por los enfermos en las fuentes mismas de donde se surtía aquel primitivo acueducto descubierto.

Por las razones de censura ya explicadas, esas investigaciones epidemiológicas de Finlay sólo se divulgaron cinco años después, cuando la Real Academia de Ciencias de La Habana logró publicar este importante trabajo, cuando ya había pasado la epidemia.

Pero la principal contribución del sabio cubano a la ciencia mundial fue su explicación del modo de transmisión de la fiebre amarilla.

Desde las primeras décadas del siglo XX, varios médicos habían descartado que la fiebre amarilla se transmitiese por contagio directo (es decir, por contacto con un enfermo o con sus secreciones, excreciones o pertenencias), y predominaba la versión anticontagionista de este mal, la cual lo atribuía a ciertas condiciones del medio natural o a la presencia de un “miasma” (algo así como efluvio contaminante).

El 18 de febrero de 1881, en una conferencia sanitaria internacional celebrada en la capital de los Estados Unidos, (a la cual asistió como miembro de la delegación española, en representación de Cuba y Puerto Rico), Finlay explicó que, al no ajustarse el modo de propagación de la fiebre amarilla a los esquemas del contagionismo y del anticontagionismo, era preciso postular “un agente cuya existencia sea completamente independiente de la enfermedad y del enfermo, capaz de trasmitir el germen de la enfermedad, del individuo enfermo al sano”, con lo cual dejó expuesta la esencia de su teoría sobre la forma de transmisión de la fiebre amarilla.

Poco meses después, el 14 de agosto de 1881, el científico cubano presentó ante la Real Academia habanera su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”, en el cual, mediante una serie de precisas deducciones, a partir de los hábitos de las diferentes especies de mosquitos existentes en La Habana, indicó correctamente que el agente trasmisor de la fiebre amarilla era la hembra de la especie de mosquito que hoy conocemos como Aedes aegypti.

Esta investigación sí fue publicada, en el mismo año 1881, en los Anales de la referida Academia.

Es cierto que, anteriormente, médicos de diferentes países habían sospechado del mosquito como ente propagador de la enfermedad, pero ninguno había supuesto, hasta entonces, que transmitiera enfermedad alguna de persona a persona, y nadie había propuesto una identificación taxonómica de la especie considerada transmisora.

Sólo la identificación precisa del posible agente abrió la posibilidad de comprobar experimentalmente la teoría de Finlay.

En el año 1901, dos décadas después de las conclusiones a las que llegó el eminente epidemiólogo cubano, Walter Reed, un médico del ejército de Estados Unidos que ocupaba a Cuba en esa época, dirigió una serie de meticulosos experimentos que reafirmaban la función del mosquito Aëdes aegypti como agente transmisor de la fiebre amarilla, entre otras valiosas investigaciones que hay que reconocerle.

Reed, sin embargo, trabajó dentro del paradigma formulado por Finlay y con la especie de mosquito identificada por éste y, en realidad, se limitó a comprobar de manera rigurosa la teoría del científico cubano.

No obstante esa inobjetable verdad, de algunas cartas escritas por Reed se deduce que llegó incluso a convencerse de que era no ya el verificador, sino el autor de la teoría claramente formulada por Finlay veinte años antes, y se refería a ella como “mi teoría”.

En los Estados Unidos se elevó a Reed, injustificadamente, al rango de “descubridor de la causa de la fiebre amarilla”, sobre todo después de su fallecimiento en 1902, causado por una peritonitis.

Pese a los reseñados obstáculos, debido a sus valiosas investigaciones y aportes científicos, Carlos Juan Finlay fue propuesto en varias ocasiones para el Premio Nobel y recibió innumerables distinciones y reconocimientos, entre ellos el establecimiento del 3 de diciembre, fecha de su natalicio, como Día de la Medicina Latinoamericana, que hoy celebramos.
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Sobre Hernán Bosch

Periodista. Graduado de la Universidad de Oriente. Trabajó como reportero en el diario 26, donde fue además, jefe de Redacción y Jefe de Información. Fue reportero de la corresponsalía de la Agencia Cubana de Noticias en la provincia de Las Tunas, con una labor destacada en el tratamiento a los temas de la agricultura y la salud, entre otros. Está jubilado y es miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @hrbosch

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