Historia

Un día terrible de la historia de Cuba

La Habana.- La Revolución por la independencia de Cuba, iniciada el 10 de octubre de 1868 por Carlos Manuel de Céspedes, cobró impulso desde finales del año 1870 y los mambises habían logrado consolidar la lucha, para ira de las autoridades españolas.

Como represalia, las fuerzas colonialistas incrementaban la represión y llevaron a cabo en 1871 una de las mayores atrocidades de esos años, hecho conocido como el fusilamiento de los estudiantes de medicina.

Luego de frenar la llamada Creciente de Valmaseda, que pretendía eliminar a las fuerzas libertadoras, los guerreros emancipadores habían intensificado las acciones armadas que ya abarcaban casi el 70 por ciento del territorio insular.

Jefes revolucionarios como Máximo Gómez, Vicente García, Ignacio Agramonte, Manuel de Jesús Calvar, Serafín Sánchez y Calixto García, entre otros, estaban en plena ofensiva militar, controlando los campos y asediando las ciudades, se había fundado la República de Cuba en Armas y el apoyo exterior a la lucha crecía a la par que el prestigio de la causa independentista cubana.

En el propio año 1871 se desenvolvían varias campañas patriotas: en el Camagüey la ya famosa caballería del mayor Ignacio Agramonte se imponía en la manigua, acciones como el rescate del general Julio Sanguily ejemplifican la capacidad combativa del soldado libertador.

En Oriente el general Calixto García tomó Jiguaní y el general Máximo Gómez, secundado por los Maceo, Guillermo Moncada y Flor Crombet, había lanzado desde agosto la Invasión a Guantánamo, baluarte de los colonialistas por su importancia económico-militar y en cuatro meses de feroces combates destruyó el poder hispano en el territorio y convirtió la región en base de las tropas insurrectas.

También la política de la dirección revolucionaria se radicalizaba con el paso de los días y en medio del fragor de las batallas, el presidente Carlos Manuel de Céspedes firmó el 25 de diciembre de 1870 la abolición definitiva de la esclavitud, golpe demoledor al sistema colonial español en Cuba.

Por otra parte se generalizó la práctica de la aplicación de la purificadora “tea incendiaria”, como recurso bélico de los mambises para destruir la riqueza que utilizaban los enemigos de la libertad para financiar sus gastos militares en la guerra contra la naciente república cubana.

Estos avances revolucionarios causaban una enorme irritación y agitación entre los españoles ultraconservadores y sus aliados de la alta burguesía insular, principalmente en el círculo de los llamados voluntarios. Cualquier pretexto les servía para tomar sangrientas represalias contra los cubanos, sobre todo si estos eran jóvenes pues sabían de su simpatía por la causa emancipadora.

Bastó una falsa denuncia del celador del cementerio de Espada para que se desatase la furia de los integristas contra los universitarios habaneros.

Todo comenzó el 24 de noviembre de 1871, hace ahora 142 años, cuando un grupo de alumnos de primer año de medicina esperaba al profesor Pablo Valencia en el Anfiteatro Anatómico “San Dionisio”, ubicado en San Lázaro entre Aramburu y Hospital. Como el Doctor se demoraba debido a estar aplicando un examen, los jóvenes a eso de las 3.00 de la tarde vagaron por el colindante camposanto.

Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, José de Marcos Medina, y Pascual Rodríguez, subieron al carro mortuorio de la Escuela de Medicina y se pasearon por la plaza existente frente cementerio. Alonso Álvarez de la Campa, que tenía solo 16 años, tomó una flor.

El celador, Vicente Cobas, molesto con los juegos juveniles que “le habían estropeado sus siembras”, hizo una delación al gobernador político de La Habana, Dionisio López Roberts, con una versión totalmente tergiversada de los hechos. Dijo que los muchachos habían rayado el cristal del nicho donde estaban los restos de Gonzalo Castañón. Esta infamia tenía profunda connotación política, pues esa era la tumba de un furibundo fundamentalista hispano, director del periódico extremista “La Voz de Cuba”, enemigo fanático de la lucha por la independencia de Cuba.

Este recalcitrante oponente de la libertad, había muerto el año anterior en un duelo con el separatista cubano Mateo Orozco, defensor de los ideales patrios.

El gobernador, acompañado de varios voluntarios y agentes de policía se presentó en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, “en busca de los autores de los desmanes cometidos en la tarde del 24 de noviembre”.

Intentó detener a los alumnos de segundo año, pero el profesor Juan Manuel Sánchez Bustamante en firme actitud, impidió que sus discípulos fueran llevados a la cárcel.

Molesto por el momentáneo fracaso, López Roberts se dirigió entonces al aula de primer año, esta vez tuvo mejor suerte, la cobardía del profesor Pablo Valencia facilitó que 45 jóvenes educandos fuesen conducidos como prisioneros por la calle San Lázaro, a la cárcel de La Habana en Prado número uno.

Sometidos a Consejo de Guerra, fueron condenados a diferentes penas de cárcel, pero al conocer este fallo, los voluntarios, llenos de odio y sedientos de sangre, exigieron una sentencia más severa.

El Segundo Cabo, General Crespo, que estaba al frente de la colonia por ausencia del Conde de Valmaseda, se plegó a las demandas de la turba de vociferantes y permitió la ilegal realización de otro amañado juicio sumarísimo.

La defensa de los estudiantes de medicina fue asumida por el noble capitán español Federico Capdevila, hombre de honor, sus palabras ante el tribunal fueron lapidarias para los verdugos: ” ¿Dónde consta el delito que se les incrimina y supone?…, creo y estoy convencido de que solo germina en la imaginación obtusa que fermenta en la embriaguez de un grupo de sediciosos”.

Ante la honesta y brillante postura del abogado los voluntarios se abalanzaron sobre el estrado para agredirlo, pero Capdevila, desenvainó su espada y los hizo retroceder como a chacales que ven rugir al león.

Sin embargo el esfuerzo del oficial defensor fue en vano, terminado el proceso jurídico, 33 estudiantes fueron sentenciados a largos años de cárcel y otros 8, que incluían a los cinco que estuvieron en el cementerio Espada la infausta tarde del 24 y otros tres escogidos al azar, condenados a la pena máxima: la muerte.

Anacleto Bermúdez González de Piñera, Ángel Laborde Perera, José de Marcos Medina, Pascual Rodríguez Pérez, Alonso Álvarez de la Campa Gamba, Carlos de la Torre Madrigal, Eladio González Toledo y Carlos Verdugo Martínez, este último que ni se encontraba en la ciudad el día en que ocurrió el supuesto grave hecho delictivo, fueron las víctimas propiciatorias para saciar el hambre de venganza de los voluntarios.

A pesar de la fuerza militar de los tumultuosos voluntarios, unos valientes habaneros decidieron salvar a los jóvenes o dejar la vida en el intento, eran un grupo de abakuás, que intentaron un audaz golpe de mano sobre los que conducían a los muchachos al lugar del suplicio, pero por desgracia fueron detectados por los guardias que los masacraron causándoles varios muertos y heridos, su espíritu de sacrificio quedó como legado de las tradiciones de lucha de un pueblo que no se resignó a vivir esclavo.

La sentencia se cumplió en la explanada del Castillo de la Punta a las 4.20 de la tarde del 27 de noviembre de 1871. El fusilamiento fue afrontado por aquellos niños con entereza digna de su cubanía. Al consumarse el increíble acto criminal, otro capitán español, el canario Nicolás Estévanez, rompió su espada y declaró que “antes que la Patria están la Humanidad y la Justicia”, último destello de la hidalguía hispana, hundida en el paredón cubierto con la sangre de aquellos mártires de la libertad.

La tragedia que sumió en inmenso dolor a las familias de los estudiantes de medicina asesinados, fue también sentida por los patriotas que fueron testigos directos del crimen y por los que con las armas en la mano defendían la Revolución en la manigua redentora.

Los colonialistas intentaron aplicar el terror para vencer a los cubanos y lo que consiguieron fue convertir a aquellos niños en símbolo del abismo que separaba a nuestro pueblo de la dominación peninsular. El ensañamiento contra sus víctimas fue un impulso más al combate intransigente por la emancipación antillana.

En los años posteriores quedó demostrada de forma fehaciente la inocencia de los ocho estudiantes de Medicina, sobre todo por la persistencia y la investigación exhaustiva realizada por uno de sus compañeros, el Dr. Fermín Valdés Domínguez, quien probó que nunca se dañó la tumba de Castañón, y consiguió que el propio hijo del acérrimo integrista ibero reconociera públicamente la falsedad de la acusación.

José Martí, Apóstol de la Independencia, también denunció en varias ocasiones el abominable crimen y la vileza de sus ejecutores. En la hora de la magna obra de formación de la unidad revolucionaria para dar continuidad al camino de la lucha armada, el Héroe Nacional de Cuba pronunció en discurso decisivo en conmemoración del 20 aniversario del sacrificio de los estudiantes de medicina, era el 27 de noviembre de 1891. El Maestro estaba en Tampa, Florida, invitado por el Club “Ignacio Agramonte”. Allí, en el Liceo Cubano, pronunció una oración que conmovió a la muchedumbre de patriotas presentes y fue la antesala de la redacción de las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano.

En palabras sublimes, Martí expresó “Para sacudir al mundo, con el horror extremo de la inhumanidad y la codicia que agobian a su patria, murieron, con la poesía de la niñez y el candor de la inocencia ¡Mañana, como hoy en el destierro, irán a poner flores en la tierra libre, los hermanos de los asesinados cantemos hoy ante la tumba inolvidable el Himno de la vida”.

Así, la Guerra Necesaria convocada por el Apóstol tomaría el sendero hacia una nación donde imperase la justicia y por encima de pensamientos de venganza sin ira, quedaría para siempre el espíritu del amor y la fraternidad humana.

Hoy en La Habana redimida que soñó Martí, existen dos lugares imprescindibles de peregrinación y homenaje de recordación a aquellos jóvenes, por las nuevas generaciones de cubanos, uno es el monumento de la explanada de la Punta donde fueron fusilados los estudiantes de medicina, el otro está en el impresionante cementerio de Colón, muy cerca de la entrada principal, y a un lado de la avenida central.

Allí se puede contemplar un sencillo y a la vez llamativo mausoleo, todos lo conocen, basta leer las letras de fuego grabadas en su centro, para sentirnos conmovidos e identificar a los que descansan eternamente en esa tumba, esa es la palabra que los absuelve ante la Historia: “Inocentes”.

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