Las Tunas, Cuba. Martes 22 de Agosto de 2017
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El regreso a casa

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Cinta en el árbolLa historia de un convicto que había dicho a su amor que atara una cinta amarilla a un árbol fuera de la ciudad es un cuento popular de América, que data de antes de 1959, y en octubre de 1971, el columnista de un periódico, Pete Hamill, escribió un artículo para el New York Post, que tituló Going Home, (El regreso a casa) en el que da una variante de la historia. El símbolo de la cinta amarilla llega hoy a Cuba y al mundo en reclamo a la libertad de los antiterroristas cubanos presos injustamente en Estados Unidoos

Pete Hamill

Iban a Fort Lauderdale tres niños y tres niñas. Subieron al autobús, con bocadillos y vino en bolsas de papel, soñando con playas de arena dorada y las mareas del mar, y el frío gris de Nueva York desapareció detrás de ellos.

Cuando el autobús ya iba pasando por Nueva Jersey, notaron a Vingo, estaba sentado frente a ellos, vestido con una ropa horrible, inmóvil y su rostro polvoriento enmascaraba su edad. Se mordió el interior de su labio, concentrado en algún recuerdo personal.

Bien entrada la noche, en las afueras de Washington, el autobús se detuvo en uno de los restaurantes de Howard Johnson y todo el mundo se bajó excepto Vingo que se quedó petrificado en su asiento, y los jóvenes comenzaron a preguntarse por él, tratando de imaginar la situación de vida, tal vez él era un capitán de barco, un escapado de su esposa o un viejo soldado que regresaba a casa. Cuando regresaron al autobús, una de las chicas se sentó junto a él y se presentó.

-Vamos a la Florida, dijo ella. -He oído que es hermoso allí en esta época del año. -Oh, así es -me dijo en voz baja, como si recordara algo que pudo haber tratado de olvidar.

-¿Quieres un poco de coca?

Sonrió y tomó una, y luego le dio las gracias y se retiró de nuevo en silencio. Después de un tiempo, ella volvió a los otros, y Vingo comenzó a cabecear mientras dormía.

Por la mañana se despertaron, afuera había otro Howard Johnsons, y esta vez Vingo entró con el grupo. La misma chica insistió en que se uniera a ellos. Parecía muy tímido, y ordenó café negro y fumaba nerviosamente mientras los jóvenes charlaban acerca de dormir en las playas.

Cuando regresaron al autobús, la chica se sentó con Vingo una vez más, y después de un corto período de tiempo, lenta y dolorosamente, le contó su historia. Él había estado en la cárcel en Nueva York durante los últimos cuatro años, y ahora se iba a casa.

-¿Está usted casado?

-No estoy seguro.

-¿Usted no está seguro?

-Bueno, le escribí a mi esposa cuando estaba en la cárcel. Le dije que iba a estar lejos por mucho tiempo, y que si ella no podía soportarlo, si los niños seguían haciendo preguntas, si le dolía demasiado, muy bien podía simplemente olvidarme, que lo entendería. Podía encontrar otro hombre y reconstruir su vida, y olvidarse de mí. Ella es una señora maravillosa, realmente. Le dije que no tenía que escribirme. No lo hizo en tres años y medio.

-¿Y te vas a casa, ahora… no lo sabes?

-Sí -me dijo con timidez-. Bueno, la semana pasada, cuando estaba seguro de la libertad condicional le escribí de nuevo. Vivíamos en Brunswick, justo antes de Jacksonville. Hay un gran roble justamente a la entrada de la ciudad. Le dije que si ella me aceptaría de vuelta, debía poner un pañuelo amarillo en el árbol, que me gustaría bajar del autobús y volver a casa. Pero si no lo hacía, que me olvide, si no pone el pañuelo, me gustaría seguir adelante.

-¡Wow! -dijo la chica,-¡Wow!

Ella lo contó a los otros, y pronto todos ellos estaban con él, atrapados en el enfoque de Brunswick, viendo las fotos que Vingo les mostró a ellos de su esposa y sus tres hijos.

Ahora estaban a 20 millas de Brunswick, y los jóvenes se tomaron los asientos de la ventanilla del lado derecho, a la espera de la llegada del gran roble. El autobús adquirió un ambiente silencioso, lleno del silencio de ausencia y años perdidos. Vingo dejó de mirar, apretando su cara polvorienta de ex convicto, como para fortalecerse a sí mismo contra otra decepción.

Entonces Brunswick estaba a diez millas, y luego a cinco. Entonces, de repente, todos los jóvenes se sentaron en los espaldares de sus asientos, gritando y llorando, haciendo pequeñas danzas de júbilo.

Todos excepto Vingo.

Vingo estaba aturdido, mirando el roble. Estaba cubierto con pañuelos amarillos, veinte, treinta de ellos, probablemente cientos, un árbol en pie como una bandera de bienvenida ondeando al viento. A medida que los jóvenes gritaban, el ex convicto se levantó de su asiento y se dirigió hacia el frente del autobús para ir a casa.

¿Es cierto? Puede ser. Pero, ya sabes, si la historia era en realidad un caso real o no, sabemos que el verdadero amor se mantiene después de una crisis de cualquier tipo y siempre podremos esperar lluvias de gracia que inunden nuestro espíritu.

Una cosa que sé con certeza es la siguiente: Nuestro Señor y Salvador es alguien que siempre estará a nuestro lado cuando estamos arrepentidos.

 

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Sobre Redacción Tiempo21

Encargada de realizar todo el trabajo del Grupo Internet y Tiempo21. Integrada por un Editor-jefe, dos editoras, un fotorreportero y camarógrafo, un director de fotografía y camarógrafo y un desarrollador Web. Es un equipo multidisciplinario y multioficio, que desarrolla las principales labores del Periodismo Hipermedia. Además de tiempo21, tiene un canal de Video-TV, y otros espacios. @tiempo21cuba

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