Las Tunas, Cuba. Lunes 23 de Octubre de 2017
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Hemingway, víctima de su intensa vida

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Ernest HemingwayLa Habana.- Los amantes de las teorías conspirativas pierden su tiempo con Walter Collins, un sesentón tan parecido físicamente al escritor Ernest Hemingway que cuando vino a La Habana la gente le gritaba “¡Papa!” en plena calle.

Wally, como lo conocen sus colegas de la Asociación de Parecidos a Hemingway, descarta las hipótesis sobre un supuesto asesinato del autor de “Adiós a las armas”, y cree firmemente que al novelista lo mató única y exclusivamente su carácter.

En un pasillo del hotel Palacio O’Farrill, Collins conversó con Prensa Latina sobre la fascinación que le inspira Hemingway, su vida intensa, sin medias tintas, que tuvo el coraje de acabar él mismo cuando creyó que no valía la pena seguir.

“No creo en las teorías conspirativas. Hubo muchas razones, tanto físicas como espirituales. Él solo intentaba proteger su legado, y creía firmemente que ningún hombre debía morir en cama”, comentó.

Autor de un ensayo sobre el suicidio del Premio Nobel literario, Collins reconoce que ha habido mucha especulación, sobre todo porque su esposa, Mary Welch, dijo que había sido un accidente y luego se comprobó que no.

Para el estudioso, existe una sólida relación entre los traumas cerebrales que sufrió Hemingway durante su vida y la depresión que lo llevó a suicidarse a los 62 años de edad, de un balazo.

“Hemingway sufrió una afección psicológica que hoy habría sido diagnosticada como neurosis, pero él nunca fue a un psiquiatra porque no creía en ellos, así que nunca se sabrá”, agregó. En su criterio, el escritor cargaba un increíble peso emocional relacionado con su condición física y mental, pero creía que muriendo con bravura, su leyenda sería recordada.

Tal hipótesis está sustentada en un año de trabajo y cuidadosa revisión bibliográfica, que incluyó desde textos biográficos y literatura científica, hasta la propia obra hemingwayana.

Se apoyó principalmente en las tesis del Centro de Investigación para el Estudio de la Encefalopatía Craneana de la Universidad de Boston, sobre la posible asociación del deterioro mental del escritor con la llamada Encefalopatía Crónica Traumática (ECT).

De hecho, los síntomas de cada etapa de la ECT son identificables en la vida de Hemingway: depresión, dolor de cabeza y pérdida de la memoria al principio; luego dificultad para controlar impulsos; y por último paranoia, depresión aguda, agresividad y conducta suicida.

Otras teorías han asociado el deceso de Hemingway con desórdenes psiquiátricos de índole genética, pues en su familia hubo cinco suicidios comprobados, y enfermedades como la hemocromatosis.

Si a eso se suman las numerosas lesiones cerebrales sufridas por Hemingway, la mayoría resultado de accidentes automovilísticos y aéreos, se encuentra un posible detonante para su alcoholismo, depresión y posterior muerte, explicó Collins.

Veterano de dos guerras mundiales y una civil, Hemingway padeció además de carbunco, sufrió fracturas y contusiones craneales, más una diabetes agravada por su adicción al alcohol.

Para colmo, hacia la mitad del siglo XX comenzó a ver cómo morían sus amigos de la vieja guardia: Yeats y Ford Madox Ford en 1939, Scott Fitzgerald en 1940, Sherwood Anderson y James Joyce en 1941 y un lustro después su benefactora Gertrude Stein.

Ya para entonces sufría problemas de sobrepeso, más fuertes dolores de cabeza y alta presión arterial.

Collins cree que para el autor de “El viejo y el mar” resultaba muy difícil aceptar que sus facultades disminuían, y muchas veces se refugió en la escritura para soportar su tormento.

“La pérdida de memoria fue lo peor, pues casi todas sus historias estaban basadas en experiencias personales, en recuerdos”, comentó Collins, quien tampoco cree tener la última palabra, porque “la naturaleza humana es mucho más compleja y rica”.

En sus últimos meses recibió tratamientos de electrochoques en la clínica Mayo, de Minnesota, donde lo ingresaron tras hacerle creer que lo trataría por su hipertensión arterial.

Para mantenerlo en secreto, lo inscribieron con el apellido de su médico, Savier, y los registros médicos indican que recibió unas 15 sesiones de terapia electrocompulsiva en diciembre de 1960.

Tras una segunda incursión en dicha institución, Hemingway agarró su escopeta favorita, una Boss calibre 12, y el 2 de julio de 1961 se voló la cabeza en el vestíbulo de su casa en Ketchum, Idaho.

Así puso punto final a su existencia alguien con quien, a juicio de Collins, la humanidad ha sido justa, porque “Hemingway es una leyenda, y su vida legendaria opaca cualquier tragedia o enfermedad que tuviera”, señaló.

“Al final aún amaba la vida, y vivió tanto como pudo en 60 años, al punto que parecía uno de 80. Tuvo una vida fuerte, corajuda y deportiva. Quizás su propia intensidad lo mató”, concluyó. (Prensa Latina)

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