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Bertha y su infinita pasión por los niños

Las Tunas.- Cada mañana cuando el Sol abraza al barrio de Pozo Salado del municipio de Jobabo una mujer sale a iluminar con ese ángel que la habita desde hace 41 años a los más pequeños de este pedazo de la geografía tunera.

Bertha Montero Sánchez es de esas cubanas que transparenta humildad y nobleza a cada segundo de sus días. Ahora con 61 años tiene la facilidad del descanso, pero con la energía de la mujer que todo el tiempo edifica, aún forma a niños de la escuelita primaria “Carlos Manuel de Céspedes” de su comunidad.

El magisterio llegó a su vida como esas casualidades sanas que determinan en la existencia de los seres humanos.

“Yo cogí sexto grado; estaba en mi casa sin estudiar, porque antes el estudio era muy difícil; entonces el presidente del consejo de escuela fue a verme para que yo trabajara en la escuelita de la comunidad, con un grupo de niños de primer grado, que eran 42. Ponían a los jóvenes como yo por una semana.

“Yo empecé a trabajar y la directora de la escuela me dijo ´no, por 15 días´; después me dijo ´no Bertha, trabaja un mes´, y yo seguí. Ya cuando llevaba el mes me dijo ´que va, ya tú eres de nosotros, no te puedes ir´, y desde entonces soy maestra en la escuelita.

“De verdad que me fue gustando; al principio no quería porque pensaba que no iba a poder enseñar a los niños; pero me gustó tanto, de verdad, que le cogí tanto amor a los niños que por eso cuando llegó el tiempo de jubilación seguí trabajando tres años más; después ya me jubilé y me fui para la casa.

“Había un aula de preescolar que no tenía maestro y me fueron a ver, la directora y los padres de algunos niños de la comunidad, para que le diera clase.

“Yo siento tanto amor, y pensando en la Revolución, en lo que la Revolución ha hecho por nosotros, que fui y nunca había trabajado con preescolar, pero empecé; me gustó; aprendieron, y ahora pienso trabajar el otro curso de nuevo”.

Ser maestra en el campo es bien complejo, ¿cómo hace Bertha para lidiar con las dificultades que se presentan?

La verdad que no es muy fácil, porque carecemos de materiales; pero cuando uno hace el esfuerzo, se prepara y tiene interés de enseñar, uno busca la forma de encontrar los medios y uno mismo prepararse.

¿Cómo recuerda a sus primeros alumnos?

Antes no había aula de preescolar y yo los cogía directamente desde la casa y no me fue muy fácil porque esos niños no estaban preparados; la forma de sentarse, de coger el libro, de conversar…;  ellos venían y era llorando; todo había que hacérselo; pero con el cariño y la paciencia los fuimos enseñando.

Esos niños, que ya ahora son jóvenes y adultos, algunos son médicos, otros son profesores y todavía me ven por ahí y me dicen ´Maestra´ y siempre me saludan con mucho cariño; que uno se siente contento.

A pesar de las difíciles condiciones de la vida en el campo Bertha es una mujer de fuertes convicciones.

Primeramente hay que ser revolucionario y amar a la Revolución, porque el que no ama a la Revolución le da lo mismo que el niño aprenda, que no. Las personas tienen que ver en uno un ejemplo.

A esta maestra de más de cuatro décadas de labor la vida la premió con dos hijas, quienes también fueron sus alumnas y a las que les enseñó el respeto por la madre en la casa y por la maestra en la escuela, porque Bertha no es mujer de abrigar privilegios para los suyos cuando se trata de enseñar.

Con el rostro ya algo cansado por los rigores de la profesión y por la vida en el campo, Bertha Montero Sánchez todavía está profundamente enamorada de la profesión a la que se ha consagrado en su existencia y que la ha convertido en una mujer afortunada.

“El magisterio es algo bonito; es una de las carreras más hermosas que se puede estudiar. Para mí el magisterio es algo muy bello, muy importante, porque así llevamos la Revolución hacia adelante; es algo especial”.

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