Lecturas

Una entrevista con Shakira en Brasil

Lemay Padrón Oliveros*                    
deportes@prensa-latina.cu

Río de Janeiro.- La estaba observando en las tribunas preferenciales del estadio Castelao y no podía aguantar hasta el final del partido, cuando debía darse la entrevista.

España e Italia libraban decenas de escaramuzas, se jaloneaban, sudaban, corrían… pero ninguno anotaba. Vibrante semifinal de la Copa Confederaciones de Fútbol.

La desesperación en mi rostro era tanta como las gotas de sudor que corrían por la cara del bigotón Vicente Del Bosque, entrenador de España.

Mi diva seguía atentamente cada detalle del encuentro, en especial cuando la acción ocurría cerca de Gerard Piqué, su esposo y envidia de millones de hombres al tener en casa a una de las mujeres más bellas y sensuales del planeta Tierra.

Retaquita, es verdad, pero las caderas no mienten, y con una sesión a su lado cualquier cansancio físico puede ceder al imperio de los sentidos.

El tiempo normal se acababa y yo me afilaba los dientes, porque la tendría para mi solito tras el pitido final. Iluso yo.

De eso nada, el marcador no se quería mover y se retardaba mi momento de gloria, ya me estaba quedando ciego y sordomudo.

¡Vamos! Tiempo extra, me quedan 30 minutos más de espera. Bueno, más se demoran otras cosas.

El reloj seguía corriendo y mi tortura era peor que la de Alejandro Sanz.

Mientras, Howard Webb, feo y sin un pelo en la cabeza como demandan los últimos manuales de la FIFA para poder ser considerado un árbitro cinco estrellas, se negaba a pitar el fin del choque.

Por fin acabó el partido, pero no el empate, y nos vamos a penales.

“Bueno -me dije nuevamente apelando a lo poco que me queda de paciencia asiática-, cinco tiritos por bando se van volando”.

¿Pero y esto qué es? Nadie quiere fallar y yo sigo aquí, esperando por la reina del waka-waka y fanática del tiqui-taca.

Al fin Bonucci la manda a las nubes, y así me sentía yo, con el gatillo dispuesto para poner en On la grabadora y ensayar mi mejor sonrisa, o la menos fea, para llamar la atención de la cantora de la voz rasgada.

Ahí se acerca… uno, dos, tres guardaespaldas, que doblan turno y hacen funciones de guardafrente y guardacostados. Alcanzo a ver unos mechones rubios que pasan de prisa y grito: ¡Shakira!

Hasta ahí llegué, porque al voltearse la cabellera se convirtió en un manojo de serpientes, y como Medusa me petrificó.

Así más o menos imaginé mi entrevista con Shakira, porque en realidad yo estaba lejos de Fortaleza.

*Enviado especial de Prensa Latina


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