Lecturas

A siete siglos del nacimiento de Boccaccio, vigente aún El Decamerón, su obra maestra

Giovanni Boccaccio.hernan boschHernán Bosch
hrbosch@enet.cu

Azarosa, pero fructífera, fue la vida del italiano Giovanni Boccaccio, de quien celebramos este 16 de junio siete siglos de su existencia.

Y digo celebramos con toda intencionalidad, porque su obra maestra, El Decamerón, de la cual se han hecho innumerables ediciones en casi todos los idiomas, aún se lee con agrado en todo el mundo.

Aunque hay contradicciones entre sus biógrafos y los historiadores en cuanto a la fecha exacta en que nació y dónde, la mayoría de ellos coincide en que fue un día como el de ayer del muy lejano 1313, nada menos que en París, aunque de padres italianos, la primera manifestación de lo contradictoria que sería su existencia.

Hijo ilegítimo del mercader y banquero florentino Boccacio da Chellino, no llegó a conocer la identidad de su madre, según consta en el sitio digital Biografías y Vidas.

Son tantas las leyendas sobre su peregrinar por este mundo (el propio Boccaccio contribuyó a difundirlas), que nadie sabe con certeza si es verdad que nació en París, o lo hizo en Florencia o en Certaldo, aunque es seguro que creció y se desarrolló en esta ciudad de Italia, donde fue educado por Giovanni Mazzuoli da Strada, quien le inculcó la pasión por Dante que lo dominaría toda su vida.

La síntesis biográfica del afamado personaje que fue Boccacio dice en una de sus partes que “tras demostrar escasas aptitudes para las finanzas y el comercio, fue enviado por su padre a Nápoles, donde adquirió una sólida formación literaria gracias a las enseñanzas de los más ilustres eruditos de la corte napolitana: Paolo da Perugia y Andalo Delnevo.

“Lo que más le impresionó del ambiente napolitano fueron el refinamiento y la voluptuosidad que reinaban en la corte de los Anjou, en la cual convergían las culturas italiana, bizantina y árabe.”

Precisamente en ese contexto de intrigas y ambiciones de los cortesanos, amores prohibidos y sensualidad en sentido general se enmarcaría después su obra maestra, El Decamerón.

Boccaccio frecuentó el ambiente napolitano y refinado de la corte de Roberto de Anjou, rey de Nápoles, de quien su padre era amigo persona y, en ese contexto, se sitúa su obra maestra, El Decamerón.

Según se consigna en la enciclopedia digital cubana (EcuRed), la quiebra del banco de los Bardi le obligó a volver a Florencia en diciembre de 1340, después de al menos trece años en Nápoles. Sufrió graves penurias económicas y problemas domésticos. Su situación no lo apartó de su quehacer literario, que, por el contrario, al parecer salió reforzado de esa experiencia y le acercó al ambiente picaresco de mercaderes del que provenía su familia.

Entre 1346 y 1348 vivió en Rávena, en la corte de Ostasio da Polenta, donde conoció a los poetas Nereo Morandi y Checco di Melletto, con los cuales mantuvo después correspondencia.

Regresó a Florencia en 1348, donde fue testigo de la peste bubónica que le inspiró la idea de escribir su obra cumbre, El Decamerón, que redactó entre ese año y el de 1353. Con ella obtuvo un gran éxito, lo cual le valió, en adelante, ser promovido con frecuencia a cargos oficiales honoríficos.

Luego de la muerte de su padre, en 1349, Boccaccio se estableció definitivamente en Florencia, para ocuparse de lo que quedaba de los bienes paternos.

Tras una breve estadía en Venecia para saludar a Petrarca, alrededor del año 1370 se retiró a su casa de Certaldo, cerca de Florencia, para vivir aislado y poder así dedicarse a la meditación religiosa y al estudio, actividades que sólo interrumpieron algunos breves viajes a Nápoles.

En el último período de su vida recibió del ayuntamiento de Florencia el encargo de realizar una lectura pública de La Divina Comedia, de Dante, que no pudo concluir a causa de la enfermedad que le causó la muerte el 21 de diciembre de 1375.

Lo que resulta indudable es que Boccaccio pasó a la inmortalidad por haber escrito El Decamerón, libro lleno de amor, enredos, engaños, virtud, pasión, lujuria y malicia, donde se critica abiertamente al corrompido clero de la época y los esposos cornudos, pero sin caer en la pornografía, porque su intención no era otra que la de hacer reír a una Florencia asolada por la peste negra.

Aún hoy, a siete siglos del nacimiento de su autor, El Decamerón es una lectura placentera y se incluye entre las obras maestras de la literatura universal.



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