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Latinoamérica y la legitimidad de la eficacia gubernamental

Néstor Núñez
nn@ain.cu

Ecuador acaba de entrar en la recta final hacia unas nuevas elecciones presidenciales, a realizarse el cercano domingo 17, en las cuales el actual presidente Rafael Correa se sitúa como puntero indiscutible para asumir un nuevo mandato a partir de la voluntad mayoritaria de sus conciudadanos.

Poco tiempo atrás, en Venezuela, el líder bolivariano Hugo Chávez también había arrasado en los comicios generales realizados en el país, mientras los colores del sector oficial se imponían en la inmensa mayoría de las gobernaciones estaduales, algunas de ellas incluso tradicionales bastiones opositores.

Y se trata, de manera inequívoca, de los nuevos tiempos que vive América Latina y que tienen dos aristas trascendentes.

En primer lugar, se trata de las transformaciones demandadas por una historia común donde se mezclan luchas, glorias, reveses, retrocesos, ideas y aspiraciones masivas, junto a un serio y prodigioso legado político de próceres indiscutibles como el cubano José Martí, al cual recientemente América Latina y el Caribe rindieron tributo al cumplirse ciento sesenta años de su natalicio.

En segundo término, es indispensable precisar que el afianzamiento y desarrollo de los nuevos gobiernos populares en nuestra área geográfica tienen como raíz común una tangible eficacia oficial, con administraciones verdaderamente empeñadas en dar respuesta a las urgencias y demandas históricas de sus respectivos pueblos, a partir de un ejercicio basado en la interpretación y conocimientos profundos de las características objetivas y subjetivas del entorno que intentan renovar.

En pocas palabras, un accionar que tiene como divisas tempranas y claves, el poner los pies sobre la tierra, evitar la copia a ultranza de experiencias ajenas, y soslayar la tentación del voluntarismo, que impone sustituir y deformar la percepción de la realidad a cuenta de privilegiar las aspiraciones y visiones personales o grupales, por muy justas que resulten sus esencias.

De manera que, con esos avales, asistimos cada vez con más frecuencia, para suerte de América Latina y el Caribe, a la continuidad de los procesos populares latinoamericanos, juzgados, evaluados y legitimados periódicamente por los respectivos pueblos mediante el ejercicio eleccionario directo.

Se trata, por demás, de conquistas que no han llegado solas, ya lo advertimos, sino por una ruta prolongada donde de alguna manera todas las naciones y colectivos humanos han brindado su aporte en ejemplo, trayectoria, concepciones y criterios. En pocas palabras, una suerte de forja que ha permitido identificar todo lo que debe unirnos con pleno respecto a una natural e insoslayable diversidad.

Y precisamente lo que hace grande a esta hora regional es justo ese principio de reconocer y admitir lo variopinto de cada quien, y a la vez congeniar, sumar y fundir lo común, lo general e insoslayable.

Un elemento que ha llevado al acertado e indispensable surgimiento de efectivos medios de integración y unidad, llámense MERCOSUR, UNASUR, ALBA o Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), entidad esta última de cual Cuba ejerce una activa presidencia temporal desde fines del pasado enero. (Agencia Cubana de Noticias)    

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