Las Tunas, Cuba. Miércoles 18 de Octubre de 2017
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¿Ver los sonidos y escuchar los colores?

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ada cristina higuera tursinestesiaAda Cristina Higuera Tur
adacrist@enet.cu

En las conversaciones habituales a menudo se escuchan expresiones en las cuales se asocian imágenes con calificativos que se ajustan a órganos sensoriales que no les corresponden.

Por ejemplo, se habla de un vestido que tiene un tono escandaloso o muy chillón, cuando esta descripción en verdad responde a la definición de algo ruidoso que siempre será perceptible por los miembros auditivos y no precisamente por el de la visión.

Según el concepto que ofrece el diccionario estos adjetivos se pueden aplicar a una persona, a un equipo mecánico o sitios que por determinadas características resultan estrepitosos, bulliciosos y hasta estridentes; pero nunca a los colores.

Estas representaciones, un tanto incongruentes, responden a un recurso lingüístico que se denomina sinestesia, en el cual se une la visión con lo auditivo, el tacto con el gusto, el olfato con cualquiera de ellos, etcétera.

De tal modo suelen emplearse estas asociaciones para referirse a: “miradas o personalidades frías, sabor a tierra, olor a mojado, voz áspera, frases secas, carácter ardiente, suave silbido, perfume dulce o el oído fino”.

Debido a este fenómeno ciertas personas pueden ver formas geométricas al escuchar una canción; descrita por los neurólogos como una comunicación anómala entre áreas cerebrales.

En estas situaciones, explican los especialistas, una apreciación se puede confundir con la real y así al escuchar un ruido ensordecedor se percibe como una luz cegadora o viceversa.

Fruto de la creatividad de los hablantes, la sinestesia incluye diversidad de manifestaciones que revelan un amplio campo de sugerencias. Quizás por esa razón muchos no solo escuchen la música sino también que la contemplen y hasta se les haga la boca agua mientras observan por la televisión la preparación de un plato exquisito o alguien les comenta sobre un delicioso manjar.

La sinestesia ya se usaba en la literatura clásica; pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando los escritores del movimiento denominado Simbolismo y los del Modernismo la pusieron de moda.

De la inventiva de los poetas pudieron salir entonces peculiares y extraordinarias creaciones: “…Su boca sabía a envidia y sus lágrimas a hipocresía. El viento que soplaba en mi cara se sentía muy rosa. Y cuando salió del agua y se acercó, sentí el calor de su mirada, el perfume de sus palabras, lo salado de sus caricias, el sonido de su belleza, lo brillante de su abrazo…”

 

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