Las Tunas, Cuba. Miércoles 18 de Octubre de 2017
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Un asalto de amor en plena tarde

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raul estrada zamoraRaúl Estrada Zamora
estrada@enet.cu

Las Tunas.- Son las 5:00 de la tarde. El cielo está despejado y hay un sol esplendoroso que pinta de oro los techos y de sepia los portales. Estoy en la intersección de las calles Menocal y Lorenzo Ortiz, casi en el corazón de esta bella ciudad del oriente cubano, capital de la provincia de igual nombre, situada a 690 kilómetros al este de La Habana.

En la acera de enfrente, una mujer mestiza, de esas que en Cuba clasifican como típicas mulatas, alta y elegante, aunque un poco pasadita de libras, sostiene de la mano a un niño, que a ratos se suelta, levanta los brazos, forma visera a la altura de sus cejas y mira impaciente a contraluz, calle arriba.

De pronto, el pequeño comienza a dar saltos y a gritar: “¡Mami, viene; mami, viene; ya viene!”. Y, efectivamente. Desde la loma donde se encuentra el antiguo Centro de Veteranos de las Guerras de Independencia rueda hacia nosotros “el coche del chivo”, como todos los niños y sus madres y sus padres denominan al pintoresco carruaje.

Al compás de una alegre campanilla y en respuesta a la exhortativa e insistente voz de su dueño: “¡Chiiiivo! ¡Chiiiivo!, el noble rumiante apura el paso, quizás porque “hacia abajo todos los santos ayudan”, como dice el refrán, pero no sé por qué se me antoja que su inusitada prisa se debe al deseo de llegar rápidamente al encuentro de su pequeño amigo.

No bien se detiene el cochecito y ya la mujer alza al niño y lo acomoda en uno de los bancos laterales, lo besa, intercambia algunas palabras con el hombre, da la espalda y comienza a retirarse, agitando en alto la mano para decir: “¡Adiós, adiós, adiós!”.

A largos pasos, cruzo la calle, llego junto a la joven y le pido que me atienda un momento; me identifico como reportero de Tiempo21, le pregunto si es la madre del pequeño; responde afirmativamente, y entonces indago en qué basa su confianza para dejar al hijo en manos de aquel señor.

Gloria Ugarte Pérez –que así se nombra mi interlocutora– sonríe, abre sus grandes ojos en señal de asombro, mueve, dudosa, la cabeza y los hombros, y dice:

–Mi niño se llama Fernando Uribe, tiene cuatro años, pero ya está acostumbrado a pasear con el señor, porque le tenemos confianza. Dos o tres veces a la semana, él pasa por esta cuadra, recoge a mi hijo y a otros vecinitos del barrio, les da una vuelta por las calles, y una se queda muy tranquila, pues es un hombre bueno, tiene un magnífico trato con ellos, los cuida para evitar accidentes, y el mío ya cochea y todo, ya casi es cochero –afirma y ríe, feliz y divertida.

– ¿Qué piensas de esos millones de niños que en muchas partes del planeta no pueden disfrutar de esa libertad? –pregunto y le miro a los ojos.

–Realmente es muy triste, y hasta cuesta creerlo, pero es una cruel verdad. A diario se ve en la televisión y en los periódicos. Ya no solo es el hambre, la insalubridad, las enfermedades, la pobreza, la miseria, sino también la creciente violencia, sexual, física, sicológica. Es terrible –comenta y se le marchitan la voz y la mirada; pero enseguida recupera el ánimo.

“Aquí todo el mundo cuida a los niños, los protege; mientras que allá están la mafia y otras organizaciones que atentan contra su normal desarrollo”.

Me despido de Gloria y le solicito a Pedro Leyva Leyva, “el hombre del chivito”, que me permita acompañarlo un rato. Acepta y seguimos calle abajo. Tilín, tilín, tilín. ¡Chiiiivo! ¡Chiiiivo!

Antes de la próxima esquina se nos acerca otra mamá con su pequeño tomado de la mano; saluda y se lo entrega a Pedro, mientras le recomienda portarse bien y obedecer a “tío”.

–Mi nombre es Dania Rondón Báez –me informa tras mi presentación–; este es mi hijo Dionne; vivo en La Piedra (comunidad a ocho kilómetros de esta ciudad), pero trabajo aquí, en la Empresa de Correos; él asiste al círculo infantil (especie de guardería) Amiguitos del MININT (Ministerio del Interior), lo recojo antes de concluir mi jornada laboral y casi siempre lo dejo un rato paseando en el cochecito.

“Pienso que no hay otro lugar en el mundo en el que una madre pueda hacer esto. Esa es la razón por la cual uno vive aquí, por la felicidad de tener los hijos en la calle sin temor a nada –dice, pero al momento rectifica–. Bueno, no solamente por eso, porque hay muchas otras razones por las que uno vive en este lindo archipiélago”.

Ya a estas alturas del recorrido y las pláticas, Pedro parece bastante entusiasmado y me invita a conocer a la madre de uno de sus asiduos pasajeros. “Porque ella vive en México y le podría contar cómo son verdaderamente las cosas” –afirma, como para dejar clara su intención.

Y allá nos vamos. Tilín, tilín, tilín. ¡Chiiiivo! ¡Chiiiivo!

Por el camino, Pedro invita a sus muchachos a cantar. Entusiasmados, ellos comienzan a entonar las canciones que les han enseñado en el círculo infantil. En medio de ese singular ambiente sonoro, el cochero me cuenta parte de su historia:

–Soy jubilado. Hace ocho años me dedico a esta labor con el chivito, que se llama Peluche. Estoy legalmente autorizado a trabajar por cuenta propia en la actividad denominada Recreación infantil por tracción animal. Me gusta mucho porque me encanta tratar con los niños, ellos son muy buenos. En toda la zona donde yo laboro las personas tienen confianza en mí. Las madres me entregan sus hijos y yo los reintegro a sus casas. Mi gran satisfacción es que nunca he tenido problemas. Dondequiera que voy, todo el mundo me conoce y me trata bien. Saben que yo les cuido a sus pequeños.

“Además, esta ocupación me reporta utilidades, porque siempre sumo un dinerito a la pensión que me paga el Estado por la jubilación, y el chivito casi no me causa gastos. Trato de mantenerlo gordo y fuerte, así como usted lo ve, pero en realidad es muy económico.

“Creo que esto es imposible en un país capitalista. Donde no imperen el respeto y la ayuda del gobierno para mantener este orden, esta tranquilidad, no puede realizarse semejante labor, pues en otros lugares los niños son muy vulnerables frente al maltrato, a los secuestros y a otros actos de criminal violencia, algo que jamás se ve aquí en Cuba. Esa es mi mayor alegría.”

Acompañados por el canto y la algarabía de nuestros amiguitos, llegamos casi hasta la intersección de Menocal y Francisco Varona, donde está situada la gasolinera Oro Negro. Allí nos detenemos. Con la vista fija en la puerta de una casa ubicada en un segundo piso, Pedro hace repicar la campanita con más fuerza que de costumbre, y enseguida aparece en el balcón una joven esbelta, bella y simpática a simple vista, quien al bajar hasta nosotros y ser presentados, se identifica como Janet Acosta, madre de Héctor Isaac, hijo de un ciudadano mexicano.

–A Héctor le encanta montarse en el coche del chivo –asegura la muchacha–, le encanta –repite–. Y aquí en Cuba tengo esa libertad y la confianza en el compañero dueño del chivito –dice, y ríe suavemente–, y él se va por ahí a dar la vuelta lejos: tres, cuatro y cinco cuadras. Pero cuando va de visita allá a México, no puede hacer eso: hay mucha violencia, se roban los niños; y uno está con la tensión esa de que no puede ni soltarle la mano, tienes que estar todo el tiempo ahí…

“Sin embargo, aquí me gusta, me encanta que él ande así libre, y se sienta libre. ¡Él se siente libre!” –enfatiza, convencida, visiblemente alegre y feliz.

–Nos despedimos de Janet y retornamos por la misma calle hacia el punto de partida. Pedro también tiene cara de cumpleaños y se ha vuelto mucho más conversador que al inicio de nuestra hermosa aventura.

–Me gustan los niños; sean de la raza o el color que sean, y no importa si me hablan de alguno con mal comportamiento, porque todos son buenos; solo depende del trato que usted les dé; mientras mejor los trate, mejores serán ellos –asegura el dulce hombre, y con la misma se une al jubiloso coro de sus pasajeros: “Los pollitos dicen pío, pío, pío,/ cuando tienen hambre, cuando tienen frío./ La gallina busca el maíz y el trigo,/ les da su comida y les presta abrigo…”. 

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Sobre Redacción Tiempo21

Encargada de realizar todo el trabajo del Grupo Internet y Tiempo21. Integrada por un Editor-jefe, dos editoras, un fotorreportero y camarógrafo, un director de fotografía y camarógrafo y un desarrollador Web. Es un equipo multidisciplinario y multioficio, que desarrolla las principales labores del Periodismo Hipermedia. Además de tiempo21, tiene un canal de Video-TV, y otros espacios. @tiempo21cuba

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