Las Tunas, Cuba. Lunes 21 de Agosto de 2017
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Un hombre de leyenda

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camilo cienfuegos 12Ada Cristina Higuera Tur
adacrist@enet.cu

 

Los cubanos sabemos impregnarle a cada momento y figura de nuestra historia una impronta que garantiza su trascendencia. Así son frecuentes las frases que acuñan la heroicidad de algunos personajes, entre ellos, Camilo Cienfuegos.

Quizás para muchos la imagen de ese hombre jocoso, bonachón y travieso estuvo enriquecida por las anécdotas que hacían sus compañeros. Narraba Vilma Espín que la idea que tenía de Camilo era la de un hombre legendario, hasta en su mismo nombre nada común, lleno de fuerza y de poesía al mismo tiempo.

Si se inventara un nombre para un personaje de leyenda – decía Vilma– le podríamos poner el nombre de Camilo Cienfuegos. Su misma muerte, perdido en el mar, la manera de conmemorarla, echando una flor al agua y todas aquellas, sus hazañas, son acciones de leyenda”.

Algunos aún no pueden entender, ante la diferencia de caracteres de dos seres especiales y únicos, cómo fue capaz de estrechar tan profunda amistad con Ernesto Guevara, quien con cierta comicidad trasmitía las vivencias de que Camilo era el más desesperado por comer, luego de Alegría de Pío, cuando se reorganizaban para emprender la lucha y trataban de conseguir alimentos.

La tradición popular atesora también interesantes relatos de aquel joven de franca sonrisa, identificado por su sombrero alón y tupida barba de guerrillero. Las jaranas que hacía a los que recién se incorporaban a las tropas, ofreciéndoles carne de gato, a modo de prueba de ingreso, diríamos en estos tiempos. Comportamientos que lo desmitifican un tanto y lo hacen imperfecto; pero cercano.

Sabemos asimismo de sus buenas lecciones de camaradería, honestidad y arrojo en el combate, que fue uno de los últimos en ser aceptado en la expedición del Yate Granma; sin embargo, su desempeño en la guerra lo llevó a ser primero entre los primeros.

Imágenes palpables en fotografías, grabaciones y relatos que evocan su potente voz. Expresiones que resurgen con el inconfundible sello de su apelativo. Recuerdos del clamor: “Camilo, Camilo, aquí está el Che”, que como buenos hijos de esta tierra llevamos, incluso, a los chistes.

Igual se eterniza su presencia junto a Fidel Castro en la capitalina plaza colmada de gente, cuando le pregunta: “¿Voy bien Camilo?”, frase que se reitera y hacemos nuestra en el actuar cotidiano y asegura que será siempre ese paradigma de buen consejero y arquetipo de incondicional amigo.

Ejemplo que se multiplica en los cadetes de escuelas militares, ya identificados como Camilitos, o en cientos de niños y niñas, cuyos padres prefirieron llamarlos como el legendario guerrillero.

Decimos entonces que “en el pueblo hay muchos Camilos” o que “Camilo era mucho Camilo” y fácilmente entendemos el sentido de estas expresiones porque, de hecho, el también conocido como Señor de la Vanguardia se dejó querer y llegó a ser alguien familiar, con matices a la vez de un héroe de leyenda.

Rostro que asoma a diario y hace más fuerte el sentir cada 28 de octubre, día fatídico en que su avión desapareció y tuvimos que conformarnos con su recuerdo mientras seguimos intentando demostrarle un sincero aprecio al depositarle flores en los ríos, mares y presas con la ilusión de que lleguen a él, en cualquier lugar donde descansen sus restos.

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