Opinión

Para que la inocencia de los pequeños siempre sonría

darletis leyvaDarletis Leyva González
darletislg@rvictoria.icrt.cu

Las Tunas.- La vida me puso, por esas coincidencias suyas, frente a aquella niña de ojos expresivos y cuerpo delgado. Su mirada dulce y asustadiza robó rápido mi atención en una cola común de un centro gastronómico de Las Tunas. Luego creí en la intuición, porque no pudo ser tan casual que aquella pequeñita de siete años quizás, me mantuviera observándola a intervalos, cada vez convenciéndome más de que algo no andaba bien en su menudo ser.

Ya juntas en la mesa para consumir los gustados alimentos alabé su pícara sonrisa, la ternura de sus ojos, la gracia natural de sus gestos y con el matiz propio de la conversación diáfana del cubano, un tema llevó al otro y su abuela, quien la acompañaba y traslucía un brillo raro en los ojos, me confesó que la niña no estaba muy bien y en susurros, para que la pequeña no la escuchara, que la habían intentado violar.

Me estremecí de arriba abajo; sentí de inmediato una indignación incontrolable al mirar la ternura de sus escasos años y pensar en el sucio cobarde que trató de ultrajar su inocencia. Estaba ante mí un caso real, de esos que hablan los medios de prensa, y me costaba creer en la mezquindad de un ser con más de 40 años, que frecuentaba la casa, capaz de querer dañar a la débil criatura.

Una sombra asomaba a su rostro como testigo de la afectación psicológica sufrida. Han pasado poco más de dos meses y la niña de ojos bellos, como le dije para alegrar un poco su espíritu, ya refleja en sus estudios la desconcentración y en muchos momentos de sus días su vista se pierde como en un vacío.

Casos de violaciones infantiles o de intentos de abuso sexual caminan junto a nosotros a diario y en cualquier rincón del planeta. Son realidades dolorosas, casi siempre propiciadas por seres cercanos; individuos tan bajos que solo pueden tener su alma vendida al diablo.

Por eso, hay que desconfiar siempre y no olvidar que la inocencia y belleza de esa etapa especial de la vida está en las manos de los adultos responsables de los niños.

Para que no se borre la sonrisa y los sueños de nuestros pequeños, como la de esta vivencia que me será imposible olvidar, exhorto a estar atentos de ellos, a que la justicia sea implacable con los abusadores, para proteger con un manto indestructible la seguridad de nuestros niños.

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