Las Tunas, Cuba. Miércoles 13 de Diciembre de 2017
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Los huracanes y sus aguas

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huracanPablo Soroa Fernández
psf@ain.cu

En su libro Hombres y Huracanes, escrito en la década de los 70 del pasado siglo, Fernando Boytel Jambú se lamenta de que a esos fenómenos atmosféricos se les mida solamente por el número de víctimas.

“A los huracanes debe medírseles, como empieza a ocurrir en Cuba (la obra fue escrita 40 años atrás) por las millonadas de metros cúbicos de agua que dejan depositadas en las presas”, escribió el científico nacido en Santiago de Cuba y fallecido hace dos décadas.

Jambú llama la atención sobre los daños económicos de las sequías y el significado positivo del agua represada como consecuencia de los ciclones, almacenamiento que califica de “buen negocio para los pueblos”.

“El hombre -subraya- no está hoy asentado en el medio para contemplar o para temer a los huracanes, sino para domeñarlos”.

Los huracanes son profundos y vigorosos perturbadores y modificadores del entorno que con cierta frecuencia invaden regiones de la Isla. En su descripción, Boytel Jambú menciona como el más temible al ocurrido en 1616, en Oriente.

Precisa que el siniestro provocó la excepcional crecida de los ríos de esa región, particularmente el Cauto, cuyas aguas arrasaron las regiones bajas de su cuenca, descarnaron los ribazos de tierra y con los árboles, escombros y arenas arrastrados, formaron una gran barra en su desembocadura llenándola de bajos.

Esos factores imposibilitaron la salida de la considerable flota de tráfico fondeada cerca de Cauto Embarcadero, único puerto fluvial entre Cuba y ultramar, según el santiaguero.

El cuatro de octubre de 1963 se acercó a Cuba el Flora, huracán de moderada intensidad que había recorrido buen trecho desde su formación en el Atlántico y dañó severamente a las islas de Trinidad y Tobago y Granada, en las Antillas Menores de Barlovento; internado en el Mar Caribe, cruzó la parte sur de Haití, donde ocasionó grandes destrozos y muertes.

Las inundaciones en el Cauto no eran nuevas, aunque si de menor magnitud, y existen reportes de que fuertes aguaceros, asociados a fenómenos meteorológicos afectaron la región también en 1776, 1868, 1899 y 1958.

¿Por qué el de octubre de 1963 se considera entonces de los más terribles ciclones sufridos por Cuba si en general sus vientos fueron solo de moderados a huracanados?

A esa interrogante el especialista  respondió con tres palabras:”por su pluviosidad”. Las excepcionales lluvias anegaron las cuencas bajas de los ríos Guantánamo, Sagua, Mayarí, y en especial del Cauto, y la humedad propició el reblandecimiento de minerales, rocas y suelos, circunstancias favorables para que vientos no tan fuertes derribaran a su antojo miles de árboles.

Por otra parte, el torbellino que azotó a la Isla entre el cuatro y el ocho de octubre de 1963, mostró velocidad superior a los 250 kilómetros en ciertos sitios, como en la guantanamera llanada de Sabanalamar, donde retorció a un enorme jagüey “hasta desprenderlo y hacerlo bailar especie de danza de ballet por espacio de un kilómetro”.

Medio siglo después de creada la Defensa Civil en Cuba, el abarcador sistema preventivo y de lucha contra esos fenómenos meteorológicos y otras catástrofes suscita cada vez mayor preparación.

El Flora promovió el desarrollo de obras protectoras contra los ciclones, entre ellas presas, micropresas y derivadoras, iniciativa del líder histórico de la Revolución Comandante en Jefe Fidel Castro. (Agencia Cubana de Noticias)  

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