Las Tunas, Cuba. Lunes 23 de Abril de 2018
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Así aprendí a subir montañas en los llanos

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estrada raulraul estrada zamoraRaúl Estrada Zamora
estrada@enet.cu

Durante el viernes y el sábado recibí varias llamadas telefónicas y mensajes electrónicos de algunos de mis jefes y subordinados en el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), institución surgida el 3 de agosto de 1973, hace 39 años, y que es parte de las tropas terrestres de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba.

Aprovechando que la celebración se extenderá hasta hoy domingo, también yo me comuniqué con cuatro o cinco camaradas, como suele decirse, “de la vieja guardia”, y hubo entre ellos quienes me animaron a contar en Internet pasajes de la epopeya que juntos vivimos y lo relativo a mis dos encuentros personales con el General de Ejército Raúl Castro Ruz, actual Presidente de nuestro país.

Los hechos son estos:

grupo periodistasFui uno de los periodistas designados para cubrir el recorrido que realizó en 1990 por la provincia de Las Tunas ese alto dirigente de la Revolución, entonces ministro de las FAR. El 3 de agosto, al concluir la visita a una gran unidad militar enclavada en el territorio, él accedió a entrevistarse con la prensa, y en medio del diálogo le pedí enviarles algún mensaje a los integrantes del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), por cumplirse ese día un nuevo aniversario de su institución.

El Ministro me respondió que podía hablar con orgullo de esa fuerza, pero lo haría el próximo 17, que era la fecha exacta de su fundación.

–Disculpe, General –dije yo–, pero hoy es el día exacto en que se constituyó el EJT, hace 17 años.

–Debe de haber alguna confusión, porque el acto para celebrar el aniversario será el 17 en la provincia de Ciego de Ávila –replicó.

–Ministro –volví a decir–, no sé lo del acto, pero la fecha es hoy.

– ¿Y por qué estás tan seguro? –inquirió Raúl.

–Porque él es fundador del EJT –dijo Oscar Herrera, entonces periodista de Radio Victoria, quien se encontraba a mis espaldas.

Entonces el General me puso una mano en el hombro y nos invitó a todos los reporteros tuneros que cubríamos su recorrido a participar en el acto del día 17, y a mí me anunció que tendría que hablar allí sobre mis experiencias acerca del Ejército Juvenil del Trabajo y cómo había logrado graduarme de periodista en la Universidad, después de ser soldado y jefe de tropas en esa fuerza durante ocho años.

Todo se cumplió mejor de lo previsto, porque antes de asistir al anunciado acto recorrimos la Laguna de la Leche, en Ciego de Ávila, y la cayería del norte de esa provincia, cuyo polo turístico se hallaba en plena fase de construcción. Como si fuera poco, también nos invitó a visitar las unidades del EJT comprometidas con el Plan Turquino y desplegadas en las montañas del Escambray, pertenecientes a las centrales provincias de Sancti Spíritus, Cienfuegos y Villa Clara, periplo que también hicimos posteriormente.

Integramos el grupo: Róger Aguilera, Norge Santiesteban, Oscar Herrera, Eddy de la Pera, Valentín Barrueta, Ricardo Varela (fallecido), Alfonso Naranjo y José Antonio Martín.

ejt trabajoPara mí fue muy grato y estimulante encontrarme en el acto de Ciego de Ávila con veteranos compañeros, algunos de los cuales fueron mis jefes directos o de mi mismo rango, y ver que ya en ese momento mostraban grados de mayor e incluso de teniente coronel, y comandaban grandes agrupaciones de tropas o importantes secciones.

Pero al mismo tiempo me confortó muchísimo poder decirles allí a Raúl Castro y a mis colegas de la prensa cuánto amo al Ejército Juvenil del Trabajo y todo lo que le agradezco.

Me integré a la Columna Juvenil del Centenario (CJC) el 10 de julio de 1970, por habérmelo solicitado la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), organizadora de dicho contingente, que en sus inicios concentró en las llanuras de Camagüey a unos 50 mil muchachos y muchachas de todo el país, con el encargo de apoyar el desarrollo de la agricultura cañera, la ganadería y los cultivos varios; misión que luego trascendió a la construcción, los ferrocarriles y otras esferas.

Durante los primeros tiempos me desempeñé como profesor de la Escuela Nacional Formadora de Maestros y luego dirigí los procesos de enseñanza y alfabetización a nivel de agrupaciones, cargo en el cual me encontraba al fundarse el EJT. En esa fecha estaba ubicado en la localidad de Brasil, parte norte de Camagüey, como Jefe de Enseñanza, responsabilidad de la cual fui separado por indisciplinas.

Después de dos meses de sanción por mi incorrecto comportamiento, Pablo Guerrero Subiaurt, joven matancero, recto y humano, quien dirigía la recién creada Brigada Independiente de Brasil y me había separado del cargo, fue a los cañaverales próximos al poblado de Esmeralda, donde yo laboraba, y me encargó dirigir la plana mayor de un batallón de más de 650 jefes, oficiales y soldados (Pablo falleció a los 26 años de edad en un accidente automovilístico).

Fui fiel a su confianza; logré resultados que ni yo mismo esperaba, y en enero de 1974 me nombraron Director de la Escuela Formadora de Maestros, ya en ese entonces ubicada en Altagracia, a pocos kilómetros de la ciudad de Camagüey, y no en la lejana zona de San Felipe, a orillas del acueducto que abastece a esa hermosa capital provincial.

Tanto antes como en esos momentos, el EJT me dio la posibilidad de seguir estudiando, y finalmente aprobé los exámenes de ingreso correspondientes e ingresé a la Universidad para cursar la carrera de Licenciatura en Periodismo mediante el curso para trabajadores por encuentros.

Culminada mi misión en la Escuela de Maestros, pasé a trabajar como editor del periódico El Mayor, órgano oficial del EJT y cuyo nombre rendía homenaje al insigne general independentista camagüeyano Ignacio Agramonte Loynaz, caído en combate frente a las tropas colonialistas españolas el 11 de mayo de 1873.

Asimismo, fui guionista y redactor del programa Camagüey Año 9, que salía al anochecer por las ondas de Radio Cadena Agramonte con temas relativos a la labor del EJT.

Han pasado 42 años desde mi incorporación a la Columna Juvenil del Centenario y 34 desde que me desmovilicé de la institución armada que le sucedió, y cada día me aplaudo por haber sido uno de los tantos jóvenes cubanos formados en las filas de esas fuerzas, que si bien han tenido como misión fundamental la producción y la defensa, han sido al mismo tiempo una fragua forjadora en los más altos valores humanos.

Quizás, y a pesar de tantas evidencias, algunos no se den perfecta cuenta de que los cambios climáticos son una realidad tan peligrosa como tangible, pero yo recuerdo cómo llovía en aquellos años de mi vida de soldado y, ¡madre mía!, ese frío que a la distancia aún me cala.

Si sumo los kilómetros de fango, de polvo y carretera que recorrí a pie, bajo volcánicos soles, ríos caídos del cielo y ráfagas de viento casi polares, para cumplir mi deber, puede que le discuta el mérito a Marco Polo y a otros famosos viajantes.

Recuerdo que tuve yo una novia en Esmeralda y estaba mi campamento en un lugar llamado Loma de Galán, a varios kilómetros de ese poblado. Pues bien, para ver a la joven debía aprovechar escasas noches, porque en ese momento trabajábamos en una operación decretada por el mando provincial y denominada Victoria de Girón.

Por el hecho de ser negro, la familia de Laura no quería saber de mí; nos veíamos a solas, y cuando nos separábamos, este pobre infeliz debía partir para su unidad, por supuesto a pie.

A veces iba yo tan cansado, que decidía tomarme un reposo a mitad de camino, y descubrí que el mejor lugar era un cementerio situado a la orilla del terraplén, pues casi todas las personas les temen a los muertos y nadie osaría meterse conmigo, cómodamente sentado debajo de una guácima en la misma esquina del camposanto, donde esperaba el camión encargado de abastecernos de pan todos los días a las 4:00 de la madrugada.

Hubo otras ocasiones en que, responsabilizado yo con llevar cada domingo a los cortes de caña a un contingente que construía el poblado de Bidot Viviendas, a unos 22 kilómetros de Camagüey, para no perderme una fiesta, una película o una obra de teatro en la ciudad, salía a las 11:00 ó 12:00 de la noche, tomaba cualquier vehículo, me quedaba en un entronque, junto al merendero Jimbambay, y caminaba siete kilómetros en medio del monte para llegar a mi destino.

Y eso no es todo, luego en los cortes de caña, para dar el ejemplo, hacía pareja con este o aquel machetero, casi siempre más diestro y descansado en comparación conmigo, y que por lo general me rompía el alma, aunque al final la tropa me aplaudiera.

Sucedió también, que cuando dirigía yo la Escuela Formadora de Maestros, como ya estudiaba en la Universidad, me ausenté sábado y domingo para asistir a un encuentro. Allá fueron a buscarme para darme la terrible noticia de que uno de los alumnos se había ahogado en una represa. El joven vivía en La Habana, y me correspondió a mí la triste misión de ir a explicarles a sus padres cómo ocurrieron los hechos y organizar la guardia de honor con un grupo de sus compañeros.

Seguro usted se preguntará por qué cuento estas anécdotas. Es que quiero hacerle entender que desde muy temprana edad el EJT me preparó para enfrentar hasta los problemas más difíciles; pero sepa que además me educó en el respeto y el amor a mis jefes, soldados, amigos y familiares, elevó mi cultura política y me inculcó el sentido de responsabilidad por el deber y el trabajo.

Sin lo que allí viví, quizás ni pudiera haberme licenciado en Periodismo, pues hice el último año de la carrera viajando cada tres semanas desde La Habana hasta Santiago de Cuba, urbes separadas por más de 900 kilómetros de distancia.

Estos son los hechos. Así aprendí a subir montañas en los llanos del Camagüey legendario.

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Sobre Redacción Tiempo21

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