Historia

Máximo Gómez en la memoria

maximo_gomezmaura_pena_machadoMaura Peña Machado
taura@rvictoria.icrt.cu

Sin duda, uno de los días de más conmoción y tristeza de Cuba, en toda su historia, fue el caluroso sábado 17 de junio del año 1905.

Ese día en la casa de la calle Quinta número 45, en el Vedado habanero el doctor José Pereda asistía a Máximo Gómez Báez. Cuando el reloj estaba marcando las 6:00 de la tarde anunció a la familia en una sola frase y en voz alta: “El General ha muerto”.

Con esas escuetas palabras apagaba las vagas esperanzas de quienes se resistían a creer que el Generalísimo, como le llamaban a Máximo Gómez, el hombre que había desafiado a la muerte en alrededor de 235 acciones, en las dos guerras independentistas en las que había participado y sólo recibiera dos heridas leves, cediera ante la Pihoemia, septicemia que origina una infección en la sangre muy letal.

Máximo Gómez Báez nació en Baní, República Dominicana, un 18 de noviembre de 1836. Al dejar en nuestra tierra sus huesos y esa gran obra que en ella cultivó es considerado por los cubanos como un hermano más.


El General y cronista mambí José Miró Argenter solía describirlo como de buena estatura, trigueño, flaco, mirada viva y penetrante. Su historia militar, decía, “está tan estrechamente unida a los fastos gloriosos de la rebelión de Cuba, que bien pudiera decirse que la escribió toda con su espada invicta”. El intelectual dominicano Francisco Henríquez, quien conoció de joven al luego Generalísimo mambí, lo recordaba “de apuesta figura, erecto, delgado, ágil y elegante. Tenía trigueña la faz, finos los labios, los ojos negros y sedoso el cabello”.

Sin embargo, en la memoria de casi todos los cubanos, Máximo Gómez permanece como el viejo general de cabellos y barbas blancas, copioso bigote, y esbelto sobre su corcel.

Gómez fue el vencedor de mil batallas, el estratega brillante de las invasiones a Guantánamo, Las Villas y Occidente y de la Campaña de la Reforma, el táctico genial de la Sacra, Las Guásimas y Mal Tiempo.

Solían decir sus ayudantes y escoltas que en los combates, su voz sonaba imperativa y rápida cuando lanzaba el grito de ¡Al machete! Y levantaba su brazo armado del alfanje “de ancha y curva hoja de fino acero” y “partía como un rayo, sin preocuparse de si lo seguían o no sus bravos hombres”.

“Para estos trabajo yo”, fueron las palabras, que al decir de José Martí, le dirigió Gómez, señalándole hacia una multitud descalza que se apiñaba en los alrededores del salón de baile compartido por ambos patriotas. Y a ellos dedicó su vida. Si bien el humanismo constituyó la esencia del ideario ético de Gómez, la piedra angular de ese principio fue la justicia social.

De él nos quedará por siempre su obra, su ejemplo y frases como esta, que resumen el verdadero sentido de su vida: “Siempre estaré al lado de los cubanos y no aceptaré nada que no esté de acuerdo con mis sentimientos y las grandes aspiraciones de libertad e independencia de este gran pueblo”.

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