Las Tunas, Cuba. Sábado 23 de Septiembre de 2017
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El Vaquerito, ejemplo de valentía y arrojo

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el_vaqueritomaura_pena_machadoMaura Peña Machado
taura@rvictoria.icrt.cu

Roberto Rodríguez Fernández, figura legendaria en la lucha revolucionaria, nació en la finca Los Hondones, en Sancti Spíritus, el 3 de junio de 1935. A causa de la crítica situación económica por la que atravesaba la familia, Roberto deja el aula para incorporarse a trabajar en la ciudad de Morón donde fueron a vivir. Entre los oficios que desarrolló están el de mensajero, trabajador de imprenta, dependiente, vendedor, y hasta peleó en un ring de boxeo por 10 centavos para poder comer.

Era pequeño de estatura, de ojos expresivos y verdes como su esperanza en un futuro mejor, soñador, irreverente e hiperquinético. Eso lo hacía burlón y fantasioso. A su lado era casi imposible que alguien se aburriera.

Se vinculó a algunos sectores progresistas y, un buen día, al conocer que un grupo de revolucionarios se encontraban en las montañas luchando por la libertad de su patria tomó la decisión de incorporarse a la lucha armada, y es así como marchó a la Sierra Maestra.

Al llegar a las montañas, descalzo y con su deseo de luchar; los únicos zapatos que le sirvieron fueron unas botas de corte mexicano de la heroína Celia Sánchez y cuando ella lo vio calzado, dijo: «Miren eso: si parece un vaquerito». Ahí comenzó su leyenda, y desde ese momento no se le llamaría más por su nombre, sino por el inolvidable apelativo de El Vaquerito.

Como integrante de la columna número uno José Martí dirigida por Fidel, El Vaquerito, participó en numerosas acciones combativas que de por sí hablan de cuánto hubo en él de valiente y guerrillero.

Una vez enterado de la formación de dos columnas para invadir la zona occidental del país, y ante la noticia de que ni él ni sus hombres participarían en estas acciones, se personó ante sus jefes y les informó sobre su disposición de cumplir cualquier misión por difícil que fuera.

Esa actitud y el elevado prestigio y respeto que tenía entre sus compañeros y superiores hacen que sea escogido para formar la columna número ocho Ciro Redondo, bajo las órdenes del Comandante Ernesto Ché Guevara quien lo designó Jefe del llamado Pelotón Suicida, grupo de combate calificado por el Guerrillero Heroico como “ejemplo de moral revolucionaria” y al cual solo ingresaban soldados escogidos.

Al frente de sus hombres, con un fusil que casi igualaba su diminuta estatura, fue de los primeros en entrar en la sitiada ciudad de Santa Clara. Haciendo un derroche de audacia, logró llegar a una casa que se encontraba frente a la estación de policía y, desde la azotea, comenzó a disparar de pie y sin protección alguna, contra los soldados de la tiranía.

En medio del combate es herido gravemente en la cabeza y llevado a la comandancia general, donde murió poco después. A pocas horas de la victoria definitiva, el 30 de diciembre de 1958 caía un insigne guerrillero de solo 23 años, que había transformado con su magia de pólvora y plomo la realidad del pueblo cubano.

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