Las Tunas, Cuba. Lunes 23 de Abril de 2018
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El difícil arte de convivir

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familia_14juan-quienes-somosJuan Morales Agüero
morales@enet.cu

 

De todas las frases célebres dichas por los grandes hombres en cualquier época de la historia, muy pocas han conseguido reunir en sí mismas tanta sabiduría como esta que se le atribuye al prócer mexicano Benito Juárez: El respeto al derecho ajeno es la paz. Sintética y didáctica, apenas necesita explicaciones. ¡Hasta un niño de primaria captaría su mensaje!

Al pronunciarla, el azteca ilustre le transfirió a la humanidad un efectivo remedio contra la beligerancia a cualquier nivel. Con solo un puñado de palabras, enseñó cómo se puede convivir. ¡Cuántos incidentes desagradables se evitarían si apeláramos a esta cita en los momentos oportunos! Es sencillísimo: hay que respetar el derecho de los demás para vivir en armonía.

Infinidad de ejemplos confirman diariamente la esencia de esta frase precisa como un postulado matemático. La agresión al prójimo se desata lo mismo en el mostrador de una tienda que en el interior de un ómnibus. En esas circunstancias el agredido no suele quedarse con los brazos cruzados. Entonces el equilibrio se va a bolina y estalla el incidente.

Los edificios multifamiliares figuran entre los sitios donde esto se ve con mayor claridad. No se trata aquí de casas independientes, en las que sus dueños pueden hacer y deshacer sin causarles molestias a sus vecinos. Un edificio es una gran vivienda colectiva llamada a propiciar relaciones interpersonales sustentadas en el respeto mutuo. Y si eso no se consigue…

A ver, ¿qué derecho tiene la vecina del cuarto piso a arrojar agua sucia hacia abajo? ¿Y qué deber tiene la vecina de los bajos de tolerárselo? Es este un caso típico de irrespeto por las prerrogativas ajenas. Favorece el rompimiento de las hostilidades, que aquí se traducen en disgustos entre los miembros de los dos bandos en cuestión. Obstaculiza el sentido de la convivencia.

Los radios y las grabadoras a todo volumen en días y horarios inadecuados son también actos que atentan contra la estabilidad colectiva. No respetan a sus vecinos quienes se acogen al equivocado criterio de que “estoy en mi casa y en ella hago lo que me dé la gana.” Eso es una declaración de guerra con todas las de la ley. De ahí a la discusión y al insulto no hay más que un paso.

Sublimizar los derechos propios y minimizar los ajenos es una manera discriminatoria de practicar la convivencia. Hay que clamar porque lo de uno se respete, pero a partir de la observación de las atribuciones de los demás. A nadie se le puede exigir que sintonice su radio a límites inaudibles. El musicómano sabe bien cuál es el nivel capaz de no molestar al vecindario.

La convivencia es un arte que debemos ejercitar todos los días tanto en público como en privado. Arte al fin, mantiene incólume su carácter polisémico para que cada cual la interprete a su albedrío. Es la garantía para llevar una vida feliz con quienes nos circundan. Cada vez que lo ponga en duda, recuerde las palabras del Benemérito de América: El respeto al derecho ajeno es la paz.

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Sobre Redacción Tiempo21

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