Las Tunas, Cuba. Martes 17 de Octubre de 2017
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Ignacio Agramonte: Diamante con alma de beso

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agramontemaura_pena_machadoMaura Peña Machado

taura@rvictoria.icrt.cu

Las luchas emancipadoras acontecidas en Cuba durante la segunda mitad del siglo XIX contra el poder colonial de España, no solo advirtieron la capacidad combativa de los cubanos, también evidenciaron la existencia de hombres que sin tener una formación militar demostraron poseer cualidades de mando y conocimientos del arte militar. Uno de ellos fue Ignacio Agramonte y Loynaz o sencillamente como su tropa prefirió llamarlo: “El Mayor”.

José Martí sintió gran admiración por aquel hombre a quien definió como “Diamante con alma de beso”, y así lo describió: “por su modestia parecía orgulloso: frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón: se sonrojaba cuando pensaba en el heroísmo, era un ángel para defender y un niño para acariciar. De cuerpo era delgado, y más fino que recio, aunque de mucha esbeltez. Pero vino la guerra, dominó de la primera embestida la soberbia natural, y se le vio por la fuerza del cuerpo, la exaltación de la virtud”

Provenía Agramonte de una familia en la cual, si bien no se advertía una pertenencia a la rancia aristocracia camagüeyana, sí dispuso de suficientes recursos para garantizarle una adecuada educación que permitió al joven recibirse de Abogado y radicarse en la zona principeña para ejercer tal profesión.


El 11 de noviembre de 1868, a un mes de la proclamación de Independencia o Muerte, con la cual Carlos Manuel de Céspedes dio inicio a la lucha, Agramonte se sumó a los patriotas que desde la manigua de la Patria irredenta se prepararon para arrojar de la Isla, mediante la lucha armada, al poder colonial Español.


El amor de Ignacio a la Patria que anhelaba libre e independiente recompartía con el infinito amor que profesaba a su esposa e hijos. Muy cerca estuvo de Amalia hasta comprender el peligro que esto significaba, y tembló al saberla apresada por los españoles, hasta conocer que finalmente le habían liberado y estaba en territorio norteamericano en compañía de su hijo mayor.

El día 11 de mayo de1873, muy temprano en la mañana, Ignacio Agramonte preparó a sus hombres para el combate; fue el de este día el último en que participó: en medio del tronar de disparos y el humo fue abatido por balas enemigas y cayó inerte de su caballo.

Sus hombres, a pesar de la incesante búsqueda, no lograron encontrar el cadáver que horas después fue llevado a Puerto Príncipe, hoy Camagüey, por las fuerzas españolas como valioso trofeo de guerra.

Con su muerte Amalia perdió al amante esposo, Cuba al hombre digno, la Revolución al Jefe respetado y querido. Máximo Gómez, quien le sustituyó en el mando, escribió en el diario de campaña: “Perdió Cuba uno de sus más esforzados hijos y el Ejército uno de sus más entendidos y valientes soldados”.

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