Lecturas

El Cristo de La Habana

cristo_habanajuan-quienes-somosJuan Morales Agüero
morales@enet.cu

Frente a la bahía de la capital de Cuba, entre la vetusta fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el pueblo ultramarino de Casa Blanca, cercana al Instituto de Meteorología, se levanta el Cristo de La Habana, una de las tres esculturas a la intemperie más grandes del planeta, solamente superadas por sus homólogas brasileña y portuguesa, con estaturas que superan los 35 metros.

La nuestra es una enorme obra de la artista cubana Jilma Madera, fallecida a los 85 almanaques el año pasado. Fue inaugurada el 25 de diciembre de 1958, siete días antes de la caída de la dictadura de Fulgencio Batista ante el impetuoso avance del Ejército Rebelde y restaurada tres veces como consecuencia de otros tantos rayos que cayeron sobre su estructura y dañaron su cabeza.

La estatua en cuestión está formada por 67 piezas de mármol de Carrara, con 320 toneladas de peso total y 20 metros de altura. Se confeccionó en 12 estratos horizontales y la misma cifra de horizontales.

Curiosamente, este Cristo habanero exhibe facciones mestizas. Con ese detalle la autora pretendió dotar a su obra de una mezcolanza de razas y culturas, muy característico de la nacionalidad cubana.

En la ejecución del monumento, la artista viajó con su modelo de yeso de un metro de altura hasta la provincia italiana de Carrara, donde se localizan los mejores mármoles estatuarios del mundo. Allí trabajó por año y medio. Para su obra monumental se extrajeron alrededor de 600 toneladas de la costosa piedra. Pero la cantidad disminuyó en casi la mitad al concluirse la pieza.

El conjunto escultórico fue trasladado por mar hasta su sitio definitivo en Cuba y comenzó a montarse el 3 de septiembre de 1958 sobre una base de tres metros de profundidad. Como dato curioso, Jilma depositó allí monedas de oro y plata emitidas en el año de su nacimiento, así como periódicos de la época.

La escultura tiene los ojos vacíos, para que dé la impresión de mirar a todos desde cualquier lugar. Sus pies calzan chancletas de meter el dedo pues Jilma Madera usó las suyas como modelo. En una de las dos oportunidades que un rayo se impactó contra la escultura, su autora tuvo la visita del Che Guevara en este también excelente mirador. Le explicó al guerrillero numerosos aspectos sobre El Cristo.

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