Iniciación sexual en Las Tunas: cada vez más jóvenes

 “El amor, como el árbol

ha de pasar de semilla a arbolillo, a flor, a fruto.”

José Martí


Las Tunas-. Todo comenzó para mí en la sala de legrados del hospital general docente Ernesto Guevara, de esta ciudad, un sitio de olores intensos, ruidos penetrantes, práctica profesional a ciegas y en el que cada vez con más frecuencia se descubren rostros jovencísimos y asustados mientras en la sala de espera se olfatea en el aire el “¿en qué me equivoqué?” de madres histéricas y padres inquisidores.

Primero fue la charla. El doctor explicó lo peligroso de la práctica quirúrgica, dejó claro que “el aborto en Cuba es legal pero eso no significa que sea un método anticonceptivo o una opción para tomar a la ligera” y pareció detener las palabras en cada una de sus pacientes de ese día, había de distintas edades y llegadas allí por razones diversas. Entre todas, estaba ella.

Me llamó la atención desde el primer momento y no solo por sus 14 años recién cumplidos, también porque las manos le sudaban tanto que me tocó ayudarla a ponerse la ropa verde que se le escurría mientras parecía más preocupada por el largo de la bata que por lo que iba a perder, porque después de subir a esa camilla, preguntarse casi inconcientemente “¿qué hago aquí?” y asimilar la anestesia general, nunca más una vuelve a ser la misma persona.

Sin embargo, su recién estrenada adolescencia no le permitía entender eso cabalmente y me miraba y preguntaba ¿qué me van a hacer?”, “¿me va a doler mucho?” “¿cuántos días voy a necesitar antes de regresar a la escuela?”. Salió bien, tan bien que la vi abrazada al novio en una esquina oscura de la ciudad poco más de un mes después de aquello y no dudó en dejarlo solo unos instantes para llegar al otro lado de la calle y saludarme.

Se sonrojó entonces, lo aseguro, cuando escuchó mi pregunta: ¿ya usas condón?, pero no contestó; creo que le dio pena decirme que de vez en vez lo olvida o que seguía siendo un problema para ella y su novio decidir cuál de los dos iría hasta la farmacia a comprar uno ante la mirada lasciva y hasta descarnada de la dependienta de turno.

Durante algún tiempo tuve la equivocada certeza de que aquella muchachita menuda era apenas un caso en la vorágine que es la vida cotidiana de cualquier lugar; sorpresa mayúscula me llevé cuando me explicaron que el caso era más frecuente de lo asimilable y ganaba peligrosa recurrencia entre los adolescentes tuneros. Y es que las estadísticas de los expertos en el tema confirman que el promedio de edad para iniciar las relaciones sexuales íntimas en la provincia de Las Tunas ronda los 12 años.

“Ahora se queman etapas –me explicaron- ya el enamoramiento es suceso que muchos adolescentes extinguen, los mecanismos del autoerotismo van escaseando también y “comenzar primero” se va volviendo slogan que recibe de manera directa la influencia del grupo. La mayoría de las veces mantienen absolutamente ajena a la familia y condicionan  la conducta de jóvenes que hasta hacía muy poco jugaban muñecas y bailaban trompos”.

Los entendidos  también confirmaron a Tiempo21 que cada vez son más los adultos jóvenes que se acercan buscando orientación ante difusiones sexuales que, en no pocas ocasiones, tienen su origen «en una iniciación incierta, sin preparación real y condicionada por situaciones que traen daños fisiológicos, psicológicos y sociales que llegan a ser irreversibles del todo.»

La escuela ayuda a tener conocimientos y formar valores, las instituciones sociales y los espacios dedicados a la familia hacen lo suyo; pero siguen siendo vías ineficinetes si la comunicación, el diálogo, el conocer a fondo el entorno que rodea al pequeño de casa mientras va creciendo, además de dar la apertura que necesita la adolescencia sin dejarla ser autonomía a ultranza, no se trocan los mejores mecanismos para controlar esta situación.

Y esta es tan solo una de muchas miradas posibles del tema, sensible y para nada exclusivo de este pedazo de Cuba. Una verdad cruda que hace que cotidianamente muchachitas de ojos saltones, como la que conocí aquel día en la sala de legrado, arriesguen su presente y condicionen su mañana entre las pinzas, el alcohol y los ardores de una mesa de hospital.

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