Las Tunas, Cuba. Martes 17 de Octubre de 2017
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Un día para decidirnos a secar las lágrimas de la Tierra

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Yenima Díaz Velázquez
yenimadv@enet.cu

Cada año, en el mes de abril, la vigésimo-segunda jornada tiene un nombre y una intención. Ese es el Día Mundial de la Tierra, que se celebra desde hace varias décadas, y pretende que la población toda, en el lugar que esté, desde el polo Norte hasta el Sur, tenga conciencia de la contaminación y los problemas que se le asocian.

El primer intento ocurrió el 22 de abril de 1970, hace ya 42 años, y fue promovida por el senador y activista ambiental Gaylord Nelson, para la creación de una agencia ambiental.

En esta convocatoria participaron más de mil universidades, diez mil escuelas primarias y secundarias y centenares de comunidades y, gracias a esa presión social, el gobierno de los Estados Unidos creó la Agencia de Protección Ambiental y dictó varias leyes dirigidas a la protección del medio ambiente.

Poco después, en 1972, se celebró la primera conferencia internacional sobre el medio ambiente, conocida como Conferencia de Estocolmo, cuyo objetivo fue sensibilizar a los líderes mundiales sobre la magnitud de los problemas ambientales y que se instituyeran las políticas necesarias para erradicarlos.

Recientemente, en el año 2009, y a propuesta del presidente boliviano, Evo Morales Ayma, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que la celebración se llame Día Mundial de la Madre Tierra, una expresión común para referirnos al lugar en el que vivimos, en diferentes países y regiones.

Estas jornadas apenas tienen 24 horas y no alcanzan para convencer a todos de cuán importante es proteger al planeta y sus recursos naturales, en aras de una vida plena, con aire puro, árboles, animales, ríos… en fin, con lo que tenemos ahora y que, lamentablemente, va rumbo a la desaparición.

Conservar la biodiversidad es la meta que nos trazamos; pero, con mucha frecuencia, las listas rojas nos informan de especies de la flora y la fauna que desaparecieron para siempre y de otras que disminuyen de manera paulatina y de las cuales quedan unos pocos ejemplares.

La Tierra hoy llora y clama por el concurso de sus hijos para que no la dejen ir, en una muerte lenta, que no se ve en el día a día y sí con el paso de los años.

Así lo demuestran el incremento de la temperatura global y los consiguientes deshielo y subida del nivel de los mares; también, la severidad de fenómenos meteorológicos como sequías, inundaciones, ciclones y los inesperados y destructores terremotos.

Todos esos problemas, de una u otra forma, lastiman nuestro hábitat y deterioran la calidad de vida de la humanidad.

Los daños los sufrimos todos y la responsabilidad recae, fundamentalmente, en los gobiernos de los países más desarrollados, que impulsan las guerras y el uso de armas químicas y biológicas, la tala de árboles, el desvío de las fuentes de agua, la industrialización y el consumo excesivo de energía eléctrica y, por ende, de combustibles fósiles.

Ahora hay desertificación y sequía, los suelos tienen mala calidad, crecen el cáncer, las enfermedades respiratorias y de la piel, se reduce la capa de ozono, los bosques dan paso a grandes ciudades, nacen muchos niños con malformaciones congénitas y escasea el agua potable.

Y, en medio de esa situación asusta lo que dicen los científicos, de que en el año 2030, de seguir el actual paso, los terrícolas necesitaremos dos planetas como el que tenemos, para satisfacer nuestras necesidades y eso- lo sabemos- es imposible.

Entonces, cobra especial valor la educación ambiental en todos los idiomas y en todos los rincones de la Tierra, ese planeta azul que se ve precioso en las fotografías desde el espacio y que, por dentro, lamenta la conducta de muchos que no cumplen las normas medioambientales.

Ellos y nosotros estamos llamados a vivir en armonía con la naturaleza porque las lágrimas de la Tierra ya se dejan ver y no es suficiente secarlas con un pañuelo. Es preciso evitar su tristeza para que la vida de todos sea más alegre y para que perdure, por todos los tiempos, para nuestros hijos y nietos.

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Sobre Redacción Tiempo21

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