Batalla contra el marabú y a favor de granos, viandas y hortalizas

Varias anécdotas han llegado hasta nuestros días sobre la introducción en el archipiélago cubano del marabú, o Dichrostachys cinerea, una epidemia vegetal que lastima y merma nuestras verdaderas posibilidades en la producción de alimentos.

Entre otras historias, se cuenta que la trajeron para hacer cercas vivas, por sus potentes y afiladas espinas de hasta dos centímetros de largo y que una señora adinerada que vivió en la Cuba del siglo XIX gustó de sus preciosas flores como planta de jardín.

Después, los caminos se unen. Se sabe que su expansión comenzó desde la provincia de Camagüey y que se extendió lentamente a zonas cercanas. Con el paso del tiempo, a casi dos siglos, esa especie exótica invasora se adueñó de más de diez millones de hectáreas, la mayor parte de ellas, tierras agrícolas.

Desde entonces, se convirtió en la planta que más ha proliferado en el país, fundamentalmente en el cinturón agropecuario de las provincias de Ciego de Ávila, Camagüey y Las Tunas, además de muchos lugares en los que ocupó todos los espacios, incluyendo las orillas de las carreteras y las vías del ferrocarril.

Exactamente en el territorio tunero, esa maleza infesta, en diferentes grados, a más de 97 000 hectáreas en zonas de los ocho municipios, donde impide mayores resultados en importantes actividades como los cultivos varios y la ganadería.

Sus daños se concretan en el desplazamiento de otras especies vegetales y su multiplicación en terrenos limpios a través de las heces fecales del ganado, que come las semillas y las deposita en condiciones de germinación.
Además, en el Refugio de Fauna Monte Cabaniguán-Ojo de Agua se reportan daños en el ecosistema de sabanas, en el que se limita el incremento de los palmares y, por tanto, de las especies de aves que viven en ellas, muchas de las cuales están en peligro de extinción, como varias especies de pájaros carpinteros.

Ante ese panorama cabría hacerse una pregunta. ¿Por qué dejamos que se multiplicara tanto? La respuesta debería avergonzarnos. Sencillamente, la falta de motivación, la comodidad y la indiferencia fueron más fuertes que el interés de unos pocos.

A eso se añade que la planta posee características que la hacen superior a las demás en cuanto a la resistencia a la sequía, las plagas y las enfermedades; además, se adapta con facilidad a todos los tipos de suelos lo que le resulta favorable, teniendo en cuenta que, en Las Tunas, más del 80 por ciento de ellos tiene alguna afectación.

Ahora la situación es diferente. El programa de la agricultura urbana y semiurbana inició esta batalla en contra del marabú, y le siguen los beneficiados con el Decreto Ley 259 sobre la entrega de tierras en usufructo, quienes para ganarla se valen de la chapea, rechapea y quema. Así eliminan esa vegetación para transformar el entorno en sembrados, pastizales y áreas de pastoreo.

Otros, trabajadores por cuenta propia y estatales, se dedican a hacer carbón con esa planta, a sabiendas de que es muy aceptado en naciones europeas.

Pero, eso no es suficiente. No se trata de eliminar la especie de golpe y porrazo; lo elemental es disminuir las poblaciones y evitar su reproducción con el uso inmediato de las áreas ya limpias.

Solo así los marabuzales se convertirán en vergeles en los que crezcan viandas, granos, hortalizas y animales para completar la mesa de los cubanos.

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