Las Tunas, Cuba. Sábado 23 de Septiembre de 2017
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Doscientos años en el corazón de los cubanos

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Jose Antonio Aponte.maura_pena_machadoMaura Peña Machado
taura@rvictoria.icrt.cu


José Antonio Aponte y Ulabarra
, un negro libre lucumí, raza sobre la que pesaba el entramado socioeconómico nacional, fue un líder rebelde que satisfizo las aspiraciones de su clase, pues las sediciones de esclavos demandaban un jefe capaz de transformar el creciente clamor antiesclavista en auténtico movimiento abolicionista.

Aponte había estudiado obras consideradas fundamentales, veterano del Batallón de Milicia de Pardos y Morenos de La Habana. Nació en Guadalupe, barrio de extramuros situado en el lugar donde hoy se ubica el municipio de Centro Habana.

Para dejar la huella de las hazañas de su estirpe, en especial del imperio etíope, confeccionó un libro de pinturas.

Las acciones abolicionistas comenzaron en La Habana el 15 de marzo de 1812. El jefe revolucionario se hallaba eufórico y sin perder tiempo al siguiente día presentó su plan de acciones que estremecería las propiedades de la colonia.

Víctimas de la traición, el 19 de marzo los dirigentes del movimiento fueron detenidos y sin juicio previo el 7 de abril fueron condenados a muerte.

Adicionalmente, el capitán general dispuso: “las cabezas de Aponte, Lisundia, Chacón y Barbier serán colocadas en los sitios más públicos para escarmiento de sus semejantes”.

Dos días después se cumpliría la sentencia. Nada habían conseguido probarle ni podían sentenciarlo sin un juicio previo, pues eran negros libres.

Fue entonces cuando Aponte se percató de que las autoridades españolas iban a pisotear sus propias leyes. Eran las 9.30 de la mañana del 9 de abril de 1812 cuando la soga rodeó su cuello y puso fin a la vida del guerrero.

Así intentó España aterrorizar a los sectores más humildes de nuestro pueblo, así pretendió multiplicar el odio racial, humillar a los hombres que inauguraron el martirologio de nuestra independencia en el siglo XIX. Pero en proporción inversa al interés colonial, las cabezas negras cubanas clavadas “en los sitios más públicos para escarmiento de sus semejantes”, al correr de la historia se transformarían en emblemas de los hombres que el 10 de octubre de 1868 acompañaron a Carlos Manuel de Céspedes en el Grito de la Demajagua.

En el bicentenario de la ejecución de José Antonio Aponte y Ulabarra su ejemplo ilumina nuevas batallas por la emancipación del hombre.

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