Las Tunas, Cuba. Miércoles 13 de Diciembre de 2017
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Don Fernando Ortiz, el hombre que nos enseñó a reconocernos

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Fernando Ortiz Fernández.Octavio Borges Pérez
Servicio Especial de la AIN

Tercer descubridor de Cuba bautizó el gran intelectual Juan Marinello, a Don Fernando Ortiz (La Habana, 16 de julio de 1881-10 de abril de 1969),  el hombre que con su sapiencia y humanismo, escudriñó en las fuentes primigenias de la nacionalidad y dio jerarquía a sus componentes étnicos y su evolución hacia una identidad singular e irrepetible.

Criminólogo, etnólogo, lingüista, musicólogo, folklorista, economista, historiador y geógrafo, Ortiz evolucionó desde una visión positivista y parcial hacia una comprensión desprejuiciada e inclusiva de los componentes de la identidad cubana, y de paso creo el concepto esencial de transculturación, para explicar el fenómeno que ocurre cuando un grupo social recibe y adopta las formas culturales provenientes de otros.

Según el fundador de la antropología social británica, Bronislaw Kasper Malinowski (1884-1942), el concepto de transculturación es uno de los más importantes aportes a la antropología cultural.

Don Fernando fue capaz de ampliar su  curiosidad científica de un modo admirable, si tomamos en cuenta que partió de la visión racista de Cesare Lombroso, un famoso médico italiano que trató de explicar la delincuencia como resultado de tendencias innatas, de orden genético, observables en ciertos rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes habituales.

Lombroso tomaba en cuenta las asimetrías craneales, determinadas formas de mandíbula, orejas, arcos superciliares y otros rasgos físicos, además de mencionar factores como el clima, la orografía, el grado de civilización, la densidad de población, la alimentación, el alcoholismo, la instrucción, la posición económica y hasta la religión.

Los estudios de campo, su curiosidad científica y su acendrado humanismo, condujeron al sabio de la Isla desde tan limitada perspectiva hasta una mirada ecuménica que desemboca en la genial y criolla metáfora de comparar la cultura cubana con un ajiaco.

Tal denominación pone al alcance, hasta de la mente más obtusa, la riqueza de un concepto, en el cual las partes integrantes dan lugar a algo nuevo y auténtico, sin perder cada una su personalidad.

Apegada a los sentidos humanos, casi táctil y en el dominio de la sensualidad gustativa, esta definición nos adentra en los veneros más hondos de la formación de un pueblo y en las complejidades de los procesos culturales definitorios de la nacionalidad.

A Don Fernando Ortiz deben los cubanos la instrumentación y la brújula para los estudios posteriores sobre esa inacabada autobiografía social que nos explica  las voliciones históricas, culturales, étnicas y de todo tipo que confluyeron para dar vida a un pueblo ahora orgulloso de sus orígenes y esperanzado en sus proyectos de futuro.

Eso no hubiera sido posible sin la obra fundacional de Ortiz, “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar”, publicada en 1940 o las monumentales que le siguieron como los cinco tomos de Los instrumentos de la música afrocubana o La historia de una pelea cubana contra los demonios.

Pero la influencia de este intelectual inmenso no se limitó al ámbito académico, porque junto a otros renovadores de los estudios históricos cubanos,  como  Ramiro Guerra y Emilio Roig de Leuchsenring, su impronta alcanzó a la vanguardia política juvenil de la época.

Recuérdese que en su bufete fungieron como secretarios particulares Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau.

El legado de Ortiz resulta esencial en nuestros días porque la asunción de cada cubano como parte de un pueblo digno, combativo y creativo, no sería posible sin el aporte ético e intelectual del hombre que nos enseñó a reconocernos. (Agencia Cubana de Noticias

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