Las Tunas, Cuba. Miércoles 18 de Julio de 2018
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Juana Borrero, una vida de angustia y amor

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juana_borrerorosa_maria_garcia_vargasRosa María García Vargas
rosamg@rvictoria.icrt.cu

“El absoluto que Casal situó en el arte y Martí en la patria, Juana lo vivió en el amor: el amor como arte, como patria y como único Dios”.

Cintio Vitier

El nombre de Juana Borrero evoca a una niña genial, de temperamento melancólico y manifiesta vocación por las artes que cultivó desde pequeña: la pintura y la poesía, a las que dedicó toda su vida.

Nació Juana el 18 de mayo de 1877, cuando se apagaban los ecos de los últimos estampidos de la Guerra Grande y murió el 9 de marzo de 1896, un año después de iniciarse la Guerra Necesaria que preparara José Martí con el afán único de la total independencia.

A pesar de su corta existencia y de que su obra es aún poco conocida, Juana es considerada una de las figuras más fascinantes del Modernismo Hispano-Americano.

Era una niña seria y triste

Hija de poeta, descendía Juana de una familia dada a las letras. Su abuelo y tíos paternos escribían versos.

Esteban Borrero Echeverría fue el padre, personalidad vigorosa y atrayente que labró su propio destino a fuerza de sacrificios y una tenacidad encomiable. Se hizo médico en la Universidad de La Habana, en 1879, pero, más que un simple galeno resultó un investigador científico, a la vez que un eminente escritor. Colaboró en las principales publicaciones de medicina y literatura y era bien recibido en los círculos culturales más selectos.

En un ambiente propicio para desarrollar las dotes artísticas de Juana se estableció la familia: el paisaje campestre, la belleza natural de un río, la cascada y en el fondo la inquieta presencia de la fantasía y la imaginación.

Tenía Juana 12 años cuando conoció a Julián del Casal. ¿Cómo era la pequeña que impresionó vivamente a un hombre de 26 años? Su exquisito espíritu era dado a las buenas lecturas y a los temas sublimes. Era una niña seria y triste, introvertida, veía a sus hermanitas jugar, pero prefería sus propios juguetes: pinceles, colores, versos y estrofas.

A Casal lo conocía ya de haberlo leído y la angustia del poeta era su propia angustia, de ahí que encontrarlo en la tertulia de su padre fue su mayor gozo. En aquel momento Casal se debatía entre sus complejos, su hastío y la tuberculosis que minaba su organismo.

Juana logró conmover su espíritu y en la casa de los Borrero encontró Casal tranquilidad y paz. Allí pudo admirar los lienzos y los versos de su nueva amiga.

En el alma apasionada de la niña una intensa devoción surgió entonces, nacida de la irresistible atracción que ejercía sobre ella la personalidad del maestro. Juana creyó amar y se entregó a su amor sin reservas; el sublime sentimiento le inspiró no pocos poemas: “Bajo tus ojos azules / mis ilusiones se abrieron / como las flores se abren / bajo la lumbre del cielo…”

De 1892 es Sol y nieve, ofrenda apasionada que más parece haber sido hecha por el alma enamorada de una mujer que por una niña de escasos 14 años:

¿Ves ese viejo tronco que la nieve

con su manto cubrió?

Bajo el frío sudario que lo envuelve

conserva su vigor.

Cuando torne la tibia primavera,

a los besos del sol,

su desnudo ramaje ha de cubrirse

de florido verdor.

Así tu alma, aunque parece muerta,

conserva su calor

y para florecer le bastaría

el fuego del amor.

¡Oh, corazón ardiente de mi amado

que prematuro invierno amortajó,

sé tú el árbol cubierto por la nieve,

y yo el rayo de sol!

Casal en cambio escribió para ella: “¡Ah, yo siempre te adoro como un hermano, / no solo porque todo lo juzgas vano / y la expresión celeste de tu belleza, / sino porque en ti veo ya la tristeza / de los seres que deben morir temprano!”

El 21 de octubre de 1893 falleció Casal. La adolescente quedó sumida en su dolor, acrecentado porque no pudo verlo antes de morir para reconciliarse con él, después de una separación en la que hubo resentimiento y reproches.

Pero, Juana se repuso, solo su verso continuó más triste, más sombrío:

Cuando se cierran mis cansados párpados

en el sopor dulcísimo del sueño

oigo una voz querida que me nombra…

voz de un amigo que dejé muy lejos!

Palabras murmuradas en voz baja

que pronuncian mi nombre con misterio,

muy cerca de mi oído… y sin embargo

son voces que han venido de muy lejos!

Entonces me incorporo sollozando,

abro los ojos, pero nada veo,

y no vuelvo a escuchar la voz querida

que me estaba llamando desde lejos…!

Vuelve el amor


Un año pasó desde la muerte de Casal. A fines de 1894 conoció Juana a los hermanos Carlos Pío y Federico Uhrbach, quienes fueron discípulos del insigne poeta.

Bastaron unos meses para que naciera el amor entre la joven artista y el mayor de los Uhrbach, quien a su vez había perdido una ilusión a causa de la muerte.

Se entabló una lucha terrible: el recuerdo del ausente era aún fuerte, pero Carlos Pío representaba la vida. Juana amaba de nuevo y se dejaba amar con pasión. Los sentimientos brotaban a raudales y quedaban impresos en apasionados poemas y en las misivas que a diario se enviaban los jóvenes, pues no podían hacer público su noviazgo sin causar un disgusto a don Esteban.

En 1895 don Esteban publicó Grupo de familia, con versos suyos, de su padre, de su hermano y también de Juana. Más tarde apareció Rimas, primer libro de versos de la poetisa, quien pronto recibió muestras de la cálida acogida que se dio a su libro en los círculos de intelectuales. Mientras, en La Habana y en Camagüey se expusieron sus mejores cuadros.

Pero, Juana estaba muy enferma y sentía la cercanía de la muerte. Además, se sumaba por aquellos días el dolor de la tragedia de su patria. De Rimas es este poema que dedicó a los héroes a quienes canta:

Quizás nos culpan de mirar pasivos

la agonizante convulsión de un pueblo

que pugna en vano por romper el yugo

que lo mantiene, a su pesar, sujeto!

¡No es posible! ¡Esperad! ¡Quizás no tarde

de la batalla entre el confuso estruendo

de ¡Libertad! el anhelado grito

en conmover vuestros sagrados restos!

El final

No terminó el idilio de los enamorados con el estallido de la guerra. Sin embargo, pronto sufrieron sus estragos. Don Esteban, fiel a sus principios separatistas, tuvo que marchar al exilio y con él toda la familia.

Esta vez Juana intuía que se trataba de una separación definitiva y no soportó el golpe. Su enfermedad se agudizó y lentamente se fue apagando en tierras extranjeras. Carlos Pío había quedado en Cuba respondiendo al llamado de la Patria, luchando por la libertad de su país.

En tanto, Juana se sentía morir y lo reclamaba desesperada; sus cartas de entonces son gritos de angustia; no quería darse por vencida sin verlo por última vez.


No pudo realizar este deseo. Aún no había cumplido los 18 años cuando se apagó su vida bella y dolorosa, haciendo realidad los versos proféticos de Casal: “… en ti veo yo la tristeza / de los seres que deben morir temprano…”

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