Las Tunas, Cuba. Miércoles 26 de Julio de 2017
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Capablanca: faro de pasadas, presentes y futuras generaciones de ajedrecistas

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hernan_boschCapablanca.Hernan Bosch
hrbosch@enet.cu


Considerado por muchos especialistas entre los tres más grandes genios del ajedrez del mundo en todos los tiempos, junto al estadounidense Robert Fischer y el soviético Garry Kasparov, José Raúl Capablanca ocupa y ocupará por siempre un lugar cimero en el Olimpo donde se ubica por méritos propios pléyade de estrellas del deporte cubano.

En ocasión de cumplirse este 8 de marzo el aniversario 70 de su prematuro fallecimiento, a los 53 años de edad, resulta oportuno recordar, aunque sea en síntesis, la extraordinaria carrera ajedrecística de este hombre, que asombró al mundo con una forma de juego precisa y brillante que lo condujo a convertirse en campeón mundial.

Nacido en La Habana el 19 de noviembre de 1888, José Raúl demostró desde muy corta edad su extraordinaria capacidad para desentrañar los complejos laberintos de las 64 casillas, pues cuando tenía apenas cuatro años aprendió a mover de forma adecuada las piezas con sólo mirar jugar a su padre.

Antes de cumplir los 13 años, en 1901, triunfó en un match por el título de campeón de Cuba ante el maestro Juan Corzo, acontecimiento que marcó el comienzo de su meteórica carrera hacia la cima del ajedrez a nivel mundial.

En 1904 el joven Capablanca es enviado por sus padres a Estados Unidos y allí ingresa en la Universidad de Columbia, donde se tituló de ingeniero.

Un año después de su llegada al país norteño, comienza a visitar el prestigioso Manhattan Chess Club, y ya el 6 de abril de 1906 participa en un fuerte torneo relámpago en el que, tras sucesivas partidas eliminatorias, tiene por primera vez la oportunidad de enfrentar al gran Enmanuel Lasker, Campeón Mundial, a quien derrota ante el asombro de todos, y gana el evento.

A fines de 1908 y comienzos de 1909 realiza una extensa gira por los Estados Unidos, durante la cual juega un total de 734 partidas, con resultado de 703 victorias, 19 tablas y sólo 12 derrotas.

Pero su más histórica victoria durante su estancia en ese país, fue la conseguida en 1909 ante el campeón norteamericano, el gran maestro Frank Marsall, quien había logrado importantes triunfos en prestigiosos torneos en Europa.

El prolongado enfrentamiento ante el talentoso jugador norteamericano acaparó la atención de la prensa de la época e incluyó 23 partidas, de las cuales el cubano ganó ocho, entabló 14 y perdió apenas una.

Luego de ese éxito la fama internacional de Capablanca se agigantó progresivamente con varios triunfos muy meritorios en fuertes torneos en Europa, como el de San Sebastián (1911), en el cual ocupó el primer puesto al superar nada menos que a prestigiosos ajedrecistas de la época como Rubinstein, Nimzowitch, Spielmann, Marshall, Janovski, Tarrash y el ruso Bernstein, quien se había opuesto a que se invitara al cubano al evento por considerarlo un “desconocido” sin anteriores éxitos internacionales.

El azar quiso que la primera ronda del trascendental torneo pusiera tablero por medio a Capablanca-Berstein, y el cubano logró una brillante victoria que le mereció, además, el Premio de Belleza otorgado al vencedor en la mejor partida.

Este notable éxito en el fortísimo evento de San Sebastián convirtió a Capablanca en el ajedrecista más famoso del momento y lo llevó en los próximos años a participar en varios torneos internacionales, en los que siempre ocupó uno de los lugares cimeros.

En los próximos 10 años el genial cubano obtuvo otros importantes éxitos en eventos internacionales frente a los mejores ajedrecistas de su época, hasta llegar, luego de tortuosas gestiones, a convertirse en 1921 en el retador del entonces campeón mundial, el doctor alemán Emanuel Lasker.

El famoso match se efectuó en La Habana en abril de ese año, y asombró al mundo ajedrecístico: cuatro victorias sin derrotas para Capablanca, con 10 tablas, por lo que el cubano se proclamó invicto Campeón Mundial.

Su precisión en este encuentro con el afamado Lasker fue tal que el genial joven cubano comenzó a considerarse por muchos como invencible.

Ya en su condición de titular del orbe, participó en otros importantes torneos como el de Westminstr, en Londres (1922), donde triunfó invicto, el de Moscú (1925), en el cual finalizó tercero, y el de New York (1927), que se jugó a cuatro vueltas y en el cual Capablanca terminó sin una sola derrota ante cinco connotados rivales, entre los que figuraron, Nimzowitch, Marshall y su posterior retador, Alekhine, quien ese propio año le arrebató el título mundial en un match efectuado en Buenos Aires.

Testigos de los días previos al encuentro entre estos dos grandes del ajedrez universal, aseguraron luego que Capablanca no se preparó para ese match, confiado en su capacidad para resolver los problemas en el tablero, mientras Alekhine estudió profundamente las partidas del cubano. Tras una ardua lucha que incluyó 25 tablas, Alekhine se impuso por seis victorias a tres.

Luego, como excampeón del orbe, el cubano obtuvo otros meritorios triunfos en torneos de altísimo nivel, como los de Berlín y Budapest (1928), Inglaterra (1929) New York (1931) y Moscú, en 1936, en el cual derrotó en magistral partida a su encarnizado rival Alekhine, quien jamás aceptó concederle la revancha por el título mundial.

La última participación oficial de Capablanca se produce en las Olimpiadas de Ajedrez de la FIDE, celebradas en Buenos Aires en 1939, donde ocupó el primer tablero del equipo de Cuba y ganó el premio de mejor promedio, con 8.5 puntos en once juegos, sin perder una sola partida, por lo que conquistó la medalla de oro como mejor jugador de la Olimpiada.

Víctima de una hemorragia cerebral provocada por la hipertensión arterial que padecía desde mucho tiempo antes, José Raúl Capablanca falleció en New York el 8 de marzo de 1942.

Su incomparable talento natural para el llamado “juego ciencia”, fue, es y será por siempre un faro para pasadas, presentes y futuras generaciones de ajedrecistas.

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