Las Tunas, Cuba. Sábado 21 de Octubre de 2017
Home > Especiales > Gente > Un hombre que le venció al éxtasis del sueño eterno

Un hombre que le venció al éxtasis del sueño eterno

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Las Tunas.- Pablo Izquierdo Mancebo con sus 83 años, a pesar de no vivir una vida holgada, se siente un hombre completamente feliz; el motivo que avala ese sentimiento se hizo realidad un 23 de septiembre hace 15 años atrás, cuando decidió apartarse para siempre de ese bajo mundo en el que transcurrían sus días.

Él era uno más de esos que deambulaban las calles dominados absolutamente por el alcohol. Su capacidad de razonar ya desaparecía y en sus pocos ratos de lucidez le pedía a Dios que le quitara la vida para no sufrir más.

“Llegué a los extremos donde pudo más el alcohol que yo. Me dominó, fue más fuerte que yo en todos los aspectos de la vida. Me hizo caer en crisis muy críticas, ser aborrecido por la sociedad, despreciado totalmente por mi familia, porque veían en mí no el enfermo que era yo, sino a la persona descarada que no quería dejar de beber y todo eso me trajo muchos problemas en la vida y me hicieron la vida tan imposible que llegué a pedir en un momento determinado a Dios que si no podía quitarme lo que yo tenía arriba, que me quitara la vida porque yo ya no podía vivir más. El alcohol me había tomado la conciencia”.

Su historia empezó a los 18 años cuando un hermano suyo trabajaba en el Casino Central, hoy el Restaurant Reymar, de esta ciudad, donde tenían bebidas muy buenas y él escondido se daba sus traguitos; así se hizo bebedor y a partir de ahí casi todos los días, aunque no excesivamente, se daba sus tragos y llegó el momento que se convirtió en dependiente de la bebida y ya no podía vivir sin beber alcohol.

“A mí no me preocupaba nunca que en mi casa no hubiera un bocado de comida, porque si tenía un peso pues me lo tomaba y tenía el descaro de ir a algunas amistades cercanas, porque el alcohol me hacía ser descarado, con el pretexto de pedir dos pesos para comprar una medicina para mi esposa y entonces ellos me lo daban y que hacía yo, en vez de traerlo con comida para mi casa, me lo tomaba de alcohol colaó,  bebida de producción casera cuya factura es muy mala pues no es un ron procesado si no un alcohol prácticamente crudo, y ya no era una vez al día, sino hasta dos.

“Yo perdía el juicio, la conciencia de saber que era una persona, que era un ser humano que tenía que cuidar una familia. Me pasé bebiendo como 42 años. Llegaba a la casa pidiendo comida: “Dónde está la comida mía” y mi esposa me decía, bueno, si tú no dejaste ni un centavo para que tú exiges comida”.

Los años mozos de Pablo se fueron casi sin él percatarse, el alcohol dominó completamente su vida. Sin embargo, la valía de este hombre radica en que tuvo la voluntad y fortaleza de parar, ayudado por la atención médica y por juntas de personas, como él, enfermas de alcoholismo, pero en recuperación. Izquierdo, como también le dicen, comenzó a descubrir horizontes.

“Yo renuncié totalmente a eso y me siento desde que estoy en abstinencia para acá viviendo muy feliz. Cada vez que salgo para la calle aquellas personas que en ocasiones me repugnaban, me rechazaban, me dicen: Izquierdo cómo está o Gallego, Pablo, cómo tú estás, “Bien, bien”, me alegro mucho, te veo muy bien Pablo, que bien te veo. Y me felicitan y me dan hasta abrazos de hermano.

“Hoy tengo amigos, porque en aquella época en la que yo era un bebedor lo que tenía eran amigotes, que se aprovechaban de mi oportunidad cuando yo hacia un trabajito por ahí de albañilería, que me ganaba unos pesitos, entonces me estaban velando, cuando llegaba el Señor Pablo, porque en aquel tiempo era el señor Pablo porque tenía 10 o 30 pesos en el bolsillo, entonces se arrimaban a mí, me tomaban mi dinero y hasta en muchas ocasiones llegaba a la casa con unos centavos y empezaba a inventar cuento de que me lo habían robado. Siempre estaba yo inventando un cuento, una mentira, para poder tapar mi defecto, que actualmente me dio cuenta cuántas cosas hice yo, fue bajo un estado de inconsciencia, porque el alcohol acabó conmigo. Hoy estoy arrepentido de eso”.

A Pablito lo conocí en una junta de alcohólicos en recuperación y confieso que la ternura que expiraba aquel señor, en ese momento con 80 años, en cada una de sus palabras y en sus gestos, me penetraba las entrañas; estaba ahí como prueba fidedigna de que se puede, alentando a la tropa más joven, aportando desde su experiencia y con su ejemplo, el valor que se necesita para detener la enfermedad del alcoholismo.

“El alcoholismo es una de las enfermedades más terribles que hay, desacredita moral y espiritualmente a la persona y acaba con su conciencia. Es una enfermedad progresiva y mortal. La persona puede decir hasta aquí, yo si puedo, y parar la enfermedad, porque no se cura, pero puede parar la enfermedad y vive feliz y su familia vive también y duerme tranquila toda la noche, como yo Pablo Izquierdo que estoy viviendo una vida muy feliz y tengo el valor y la conciencia limpia y tranquila de ser una persona útil a la sociedad y estar integrado como tal en ella.

“Yo digo que no me confió en pensar que porque yo llevo ya o que vaya a cumplir ya 15 años en abstinencia puedo andar jugueteando con el alcohol; tengo que respetarlo porque el fue mi peor enemigo, me hizo sufrir mucho. Yo tengo que tener la conciencia propia que cuando me levanto por las mañanas y pongo mis pies ya en el piso le digo a Dios que me permita estas 24 horas de hoy no darme un trago. Porque siempre consideré que el primer trago que yo me daba es el que me llevaba a todas las consecuencias funestas que tuve dentro de mi proceso de alcoholismo.

“Siempre y cuando yo, Pablo Izquierdo Mancebo, coja una copa en mi mano y me dé el primer trago, ya yo soy el Pablo aquel que andaba botado por donde quiera, orinado casi en los pantalones y dando espectáculos en la calle y siendo una persona indeseable a la sociedad y una persona repugnada por todos los vecinos y por todo el mundo que me rodeaba.

“Yo dejo de ser alcohólico el día que me muera, porque el alcoholismo no tiene cura, pero el único antídoto que tiene el alcohólico es no beber más. Cuando veo las personas tomando por ahí o los veo tirados en una acera me da una lástima que me parece que era yo en esos tiempos que perdí mi conciencia y mis virtudes de ser persona”.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Sobre Darletis Leyva González

Periodista, graduada de la Universidad de Oriente. Se desempeña como reportera con excelentes resultados en su gestión diaria. Es aguda en sus trabajos de opinión. Una de sus características es contar historias de vida en la que el factor humano está siempre presente. Atiende los temas de salud, entre otros. Miembro de la Unión de Periodistas de cuba, premiada en varios concursos. @DarletisLG

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*


1 × siete =