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Suelos y producción de alimentos, una relación estrecha para el porvenir

Dicen que los suelos son el espejo del planeta y yo creo que lo significativo es que se mantienen como uno de los elementos más importantes de la naturaleza pues de ellos depende la mayor parte de los procesos que se dan en nuestro entorno.

Por cierto, hace muchos años, el Héroe Nacional de Cuba, José Martí Pérez, dijo que “la tierra es la gran madre de la fortuna. Salvarla es ir directamente a ella”. Hoy, al cabo de más de un siglo sigue vigente su sentencia. Mejorar los suelos es garantizar más alimentos y tenerlos significaría dar un vuelco a la hambruna que hoy hiere a una buena parte de la humanidad.

Lamentablemente, y desde hace muchos años, los seres humanos hemos generado un impacto negativo en los suelos, lo que incrementa la pérdida de sus valores. De un lado está el interés por lograr producciones cada vez más intensivas, para lo que se utilizan fertilizantes químicos de manera indiscriminada. Y, de otro, el uso excesivo de algunos implementos agrícolas, que lastiman la tierra como quien lastima a una persona.

También se deterioran por otras razones, entre ellas los lamentables y evitables incendios forestales, el poco uso de materia orgánica y, en ocasiones, la falta de cultura ambiental en las personas que trabajan la tierra en función del aprovechamiento y el mejor empleo de los productos biológicos como el humus de lombriz y el biocompost.

La provincia de Las Tunas, a 690 kilómetros al este de La Habana, posee un fondo de tierra superior a las 477 mil 800 hectáreas y, según las autoridades competentes, está afectado más del 80 por ciento de esa cifra.

Dificultades hay muchas y las más comunes son la erosión, los problemas de pendiente y drenaje, la poca profundidad efectiva y la salinidad.

Dicho así, con tantos padecimientos, es para asustarse y realmente, la salud de nuestros suelos no es buena. No obstante, y a pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa Cuba, se realizan varias acciones para la conservación y el mejoramiento de la superficie.

La mayoría de las acciones son sencillas como el arrope, la siembra de barreras vivas en los cercados, el fomento de cultivos de cobertura, la subsolación de los suelos, surca contra la pendiente y el fomento de fajas hidrorreguladoras en las zonas próximas a ríos y presas.
También se aplican técnicas ya demostradas como la rotación de los cultivos y el aprovechamiento de los restos de las cosechas, para fertilizar los nuevos plantíos.

Ahora, con las actuales transformaciones del sistema económico cubano, se vislumbran más posibilidades de optimizar los suelos, mediante las manos trabajadoras de los nuevos usufructuarios que recibieron áreas ociosas por el Decreto Ley 259.

Al impulsar los cultivos, rotarlos y priorizar los abonos orgánicos, el aporte de esos hombres y mujeres será notable.

Afortunadamente, poco a poco se les va instruyendo en el manejo de la tierra y la agroecología para que las producciones sean mayores y más saludables, sin riesgos a los consumidores ni al medio ambiente.

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